El plebiscito chileno de 1988, una disputa entre narradores

El plebiscito de 1988, que determinaría el fin de la dictadura chilena de Augusto Pinochet (1973-1990), fue una disputa televisada entre narradores, de un lado el Sí, con la pluma de Joaquín Lavín y su libro «Revolución silenciosa»; del otro el No, con Eugenio Tironi y «Los silencios de la revolución».

Por Ramiro Barreiro – Sputnik

«Como toda disputa electoral fue una disputa entre narrativas», dijo a Sputnik el sociólogo chileno Tironi, quien tuvo a su cargo la edición de contenidos y el diseño de las propagandas de la campaña televisiva del No, denominada «La alegría ya viene».

El 5 de octubre de 1988 el régimen de Pinochet convocó a un plebiscito para definir si el dictador seguía o no en el poder hasta 1997, cuyo resultado fue de 44,01% por el Sí y 55,99% por el No.

Tras esa derrota, en diciembre de 1989 y luego de 16 años, se celebraron elecciones en el marco de la transición a la democracia.

En el momento en que se desarrolló el plebiscito la represión de la dictadura había decrecido, en parte porque Pinochet debía dar ciertas garantías a la comunidad internacional para legitimar una consulta que estaba convencido que ganaría.

«Entonces, nosotros disponíamos de un cierto margen de libertad; conseguimos asesoría de especialistas extranjeros, concretamente estadounidenses, que nos dieron una mano para transmitir una tecnología que no teníamos, que servía para revisar estudios de opinión pública y eso fue muy importante para el diseño de la estrategia y la propaganda del No», recordó Tironi, también ensayista.

Con un pegadizo jingle que prometía «la alegría ya viene» y la presencia de artistas de raigambre popular, la campaña del No calificaba a la dictadura como «la tempestad» y proponía que ya era «la hora de ganar la libertad» y terminar con la pobreza.

«Fue una etapa muy épica, muy creativa, de enorme responsabilidad, sabíamos que se definía la suerte del país y estábamos pagando una deuda con toda la gente que había caído desde el 73 en adelante, y en cierto modo, una deuda con el presidente [Salvador] Allende [1970-1973] que había muerto para mantener la bandera de la democracia al tope», dijo Tironi.

No obstante, «inicialmente la gente lo vivió con mucho escepticismo que él No pudiera ganar y que su triunfo fuera aceptado por Pinochet, también con bastante miedo, pero con el correr de la campaña misma, la población fue creyendo más en sí misma, tomando más fuerza y mostrándose más optimista», relató.

En la vereda de enfrente había un retador de peso: el político y economista Joaquín Lavín, que más tarde sería ministro y gobernador de Santiago y es el actual alcalde de la comuna de Las Condes, una de las más exclusivas de la capital.

«Lavín desarrolló el mito de la modernización capitalista como la gran obra de Pinochet y lo que había que preservar, y yo tenía que escribir un relato alternativo, y dijimos que no queríamos demoler la modernización capitalista sino abrirla a toda la población y condimentarla con democracia», rememoró Tironi.

Lo cierto es que ambas campañas, la del Sí y la del No, fueron eficaces y el día de la votación acudieron a las urnas 95% de las personas habilitadas para votar.

Primeros años

Con el retorno de la democracia, Tironi fue un estrecho colaborador del entonces presidente Patricio Aylwin (1990-1994), en cuya administración fue director de comunicaciones; luego, a fines de 1999, fue llamado por Ricardo Lagos (2000-2006) para hacerse cargo de su campaña comunicacional en la segunda y exitosa vuelta presidencial.

Consultado acerca de los primeros desafíos de la incipiente democracia, el sociólogo respondió que «sin lugar a dudas fue el tema de los derechos humanos, el conocer la verdad, promover la justicia y conseguir la reconciliación».

Otras metas importantes fueron consolidar la inclusión democrática que era muy frágil y mantener el crecimiento económico, para evitar un caso que los chilenos conocían de cerca.

«Nosotros teníamos muy presente el caso de Argentina y de [el presidente Raúl] Alfonsín [1983-1989], de una democracia precaria y con un desafío permanente por parte de los militares, que además lo acompañaba un crisis económica; pensábamos que si se desaceleraba el crecimiento, era difícil preservar la democracia que habíamos conquistado», comentó.

Un último desafío de la administración Aylwin fue combatir la pobreza, que entonces llegaba a 60 y hoy se encuentra en 13%.

Sin embargo, había un desafío oculto: convivir en democracia con Pinochet, algo que, según el también consultor, se logró por la propia destreza de Aylwin, «que mantuvo una parte de la autoridad de Pinochet y, por otra parte, la capacidad de usarlo con el fin de evitar episodios de rebeldía que habrían minado profundamente a la democracia y provocado un nivel de incertidumbre que habrían dañado gravemente la economía», dijo.

Pinochet se había asegurado permanecer como jefe del Ejército por ocho años (hasta 1998) y luego pasar a ser senador vitalicio, en virtud de la Constitución de 1980, que todavía está vigente y es una de las causas de las masivas protestas callejeras que empezaron el año pasado.

Actualidad

«El Chile que conocíamos hasta octubre del año pasado se acabó y el ritmo de reformas de corte socialdemócrata que Chile ha venido desarrollando desde el año 90 se va a tener que acelerar y ya se aceleró en forma dramática, especialmente en el campo de las pensiones, la salud y las remodelaciones, con el fin de atacar niveles de desigualdad que son intolerables para los grupos que la padecen», analizó Tironi.

En su opinión, Chile necesita reformular la democracia para que sea «más cercana, más horizontal y participativa» y reescribir la Constitución, dado que la actual «no representa a los jóvenes, a las mujeres ni los pueblos originarios».

«No hay ninguna duda que hoy día [el presidente Sebastián Piñera] tiene muy poca adhesión y respaldo, produce mucha irritación y es una figura que divide, pero es el presidente de la república y en Chile está muy internalizado el proteger esta institución fundamental», dijo Tironi.

El publicista del No entiende que a Chile le esperan 20 meses difíciles hasta la próxima elección presidencial en noviembre de 2021.

Según él, la propia sociedad deberá usar ese tiempo para aprender a autogobernarse, aunque es optimista.

«Creo que de esto vamos a salir bien porque somos una sociedad resiliente, de mucho terremoto, literalmente hablando, y siempre hemos salido adelante», concluyó.

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