| Por Gino Sturla | Ciencia e interdisciplina «inútiles»

En 1935, el filósofo y matemático Bertrand Russell, Premio Nobel de Literatura, publicó Conocimiento «inútil». Russell no negaba la importancia del conocimiento práctico; reivindicaba también aquello que provocadoramente llamaba conocimiento «inútil»: “un conocimiento tal que inspire una concepción de los fines de la vida humana en su conjunto”, capaz de cultivar aquello que consideraba distintivamente humano: “el poder de ver y de conocer, de sentir magnánimamente y de pensar y comprender”.

Veinte años después, Richard Feynman, físico y Premio Nobel de Física, reflexionó en una conferencia sobre El valor de la ciencia. Junto con reconocer su enorme utilidad, reivindicó la duda y la incertidumbre como condiciones del progreso científico: “Permítasenos cuestionar —dudar—, vivir en incertidumbre”. Y frente a los problemas aún no resueltos advertía: “debemos dejar la puerta entreabierta hacia lo desconocido”.

Ambas reflexiones parecen especialmente pertinentes hoy en Chile. En marzo, el Ministerio de Ciencia anunció una reducción de su presupuesto y la suspensión de becas de magíster y posdoctorado en el extranjero. Meses después, el Presidente cuestionó investigaciones que podían terminar en “un libro precioso en la biblioteca” sin generar empleos. Más recientemente, las nuevas bases de FONDECYT de Postdoctorado permiten concentrar hasta un 70% de las adjudicaciones en áreas definidas como prioritarias. En conjunto, estas decisiones parecen reflejar una mirada cada vez más instrumental del conocimiento, pero también otra tendencia menos discutida: su disciplinarización.

Instrumental, porque tiende a valorar la investigación por resultados que podemos anticipar: innovación, productividad, crecimiento o empleo. Son objetivos necesarios. Sin embargo, convertirlos en medida del valor del conocimiento supone que sabemos de antemano qué será importante en el futuro. La investigación fundamental existe, en buena medida, porque no lo sabemos.

Disciplinar, porque al definir ciertas áreas como prioritarias no solo se establece qué conocimiento se considera más útil, sino también desde qué campos se espera que provenga. Y esto tiene una consecuencia menos evidente: debilitar algunas disciplinas significa también debilitar los espacios de encuentro entre ellas.

Esto importa porque comprender y enfrentar algunos de los grandes desafíos de nuestro tiempo —desde el cambio climático, la desigualdad y la pérdida de biodiversidad hasta las profundas transformaciones asociadas a la inteligencia artificial— exige superar las fronteras disciplinares. Requiere ciencias naturales e ingeniería, pero también ciencias sociales, humanidades y artes. La interdisciplina es, en este sentido, profundamente útil: permite construir respuestas que ninguna disciplina podría producir por sí sola.

Pero existe también un valor menos evidente de la interdisciplina, que podemos acercar a la idea de conocimiento «inútil» de Russell. El encuentro entre saberes puede ampliar nuestra comprensión del mundo y de nuestro lugar en él, y cultivar aquellas capacidades que Russell consideraba distintivamente humanas: ver, conocer, sentir, pensar y comprender. Puede hacerlo, además, sin exigir de antemano una respuesta, una aplicación o siquiera una pregunta común. De esos encuentros pueden surgir preguntas e ideas que ninguna disciplina habría formulado por separado. Reducir esa diversidad puede debilitar el pensamiento crítico, la confianza social y nuestra capacidad de innovar y responder a desafíos complejos, elementos que, en el largo plazo, sostienen también el desarrollo económico.

Los gobiernos pueden y deben establecer prioridades. Sin embargo, una política científica debería reconocer también los límites de esas prioridades. Si, como advertía Feynman, para resolver problemas nuevos debemos “dejar la puerta entreabierta hacia lo desconocido”, convendría ser cautos antes de decidir cuáles de esas puertas merecen permanecer abiertas.

Una política demasiado segura de qué conocimiento será útil y de las disciplinas de las que habrá de provenir puede terminar cerrando precisamente algunas de las puertas que necesitaremos mañana, incluidas aquellas que solo se abren en el encuentro entre saberes. La ironía es que este afán puede terminar siendo, en el largo plazo, profundamente inútil, incluso desde una perspectiva estrictamente económica.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE DIARIO LA RAZÓN

Gino Sturla – Académico, College y Escuela de Ingeniería, UC