Nuevos estudios revelan cómo la ciudad condiciona la autonomía de las mujeres mayores

Dos investigaciones lideradas por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile analizaron cómo los espacios comunes de la vivienda y las condiciones del barrio influyen en la vida cotidiana de mujeres mayores en Santiago. Los trabajos muestran que jardines, pasillos, veredas y bancas pueden favorecer sus desplazamientos, redes sociales y labores de cuidado, pero también limitar su autonomía cuando no están diseñados para responder a sus necesidades.

El buen envejecimiento y la calidad de vida están estrechamente ligados al entorno. Para muchas personas, seguir viviendo en la misma casa y en el barrio donde han construido sus rutinas, afectos y redes de apoyo es parte fundamental de ese bienestar. Sin embargo, permanecer allí no depende únicamente de la voluntad: la vivienda, los espacios comunes y las calles pueden favorecer esa continuidad o transformarse en barreras para la autonomía.

Esta idea se relaciona con el concepto de “envejecer en el lugar”: permanecer en el propio hogar y comunidad de manera segura, autónoma y confortable durante la vejez. Según se proyecta, en Chile  para 2050 una de cada tres personas tendrá 60 años o más, lo que vuelve urgente adaptar las viviendas y ciudades a esta transformación demográfica.

Se trata de los artículos Toward age-friendly housing: Everyday practices of older women in common spaces of collective housing in Santiago, Chile, publicado en la revista Cities, y Everyday mobility practices of older women in Santiago, Chile: The importance of walking in the neighbourhood, difundido en Transportation Research Interdisciplinary Perspectives.

Los estudios fueron desarrollados por Marie Geraldine Herrmann-Lunecke, Constanza Cerda-Gosselin y Rodrigo Mora, del Departamento de Urbanismo de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo, junto a Antonio Zumelzu, del Instituto de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Austral de Chile. El equipo se encuentra vinculado, además, al Centro de Desarrollo Urbano Sustentable (CEDEUS) y al Núcleo Milenio en Transporte Justo.

Aunque cada artículo examina una escala distinta, ambos muestran que la autonomía se construye en la continuidad entre la vivienda, los espacios comunes y el barrio. “Nuestras ciudades, barrios y viviendas muchas veces no están diseñados para las personas mayores y presentan muchísimas barreras sociales y físicas”, explica Marie Geraldine Herrmann-Lunecke, autora principal de ambos trabajos y académica del Departamento de Urbanismo.

El problema, por tanto, no es que las mujeres mayores no utilicen estos lugares, sino que su diseño puede terminar por restringir actividades esenciales para su vida cotidiana.

Espacios comunes que prolongan la vida fuera de la vivienda

El primer estudio analizó las prácticas cotidianas de 30 mujeres de entre 60 y 92 años de cuatro conjuntos habitacionales de Santiago. Mediante entrevistas caminadas, el equipo las acompañó por jardines, pasillos, escaleras, patios y accesos para conocer el papel de estos lugares en sus rutinas.

Los resultados muestran que las áreas comunes están lejos de ser únicamente zonas de tránsito. Jardines, corredores y patios pueden convertirse en lugares para caminar, cuidar plantas, hacer actividad física, conversar con vecinas o acompañar a nietos y nietas. “Los espacios comunes no solo articulan los desplazamientos y la vivienda, sino que también son espacios de encuentro cotidiano para la actividad física  y la socialización”, explica Antonio Zumelzu.

Esta apropiación también favorece la construcción de vínculos. “Nos dimos cuenta de que muchas de las actividades se realizaban con otras personas: vecinos, amigos, familiares o nietos que ellas cuidan. Estos encuentros espontáneos en los espacios públicos, comunes o semipúblicos enriquecen significativamente la vida social de las personas mayores”, señala Herrmann-Lunecke.

Esta experiencia cobra especial relevancia al considerar las desigualdades que enfrentan muchas mujeres mayores, quienes con frecuencia continúan asumiendo tareas de cuidado y sostén familiar. “En Chile, las mujeres mayores realizan un trabajo de cuidado muy importante, como el cuidado de nietos y nietas. Eso también tiene que estar incluido en el diseño de estos espacios”, afirma.

No obstante, escaleras sin pasamanos, pasillos estrechos, falta de rampas, accesos difíciles o la ausencia de ascensores pueden hacer que las residentes reduzcan sus desplazamientos. De esta forma, una barrera arquitectónica puede convertirse en una barrera para la actividad física, la sociabilidad y la participación comunitaria. “Cuando hay muchas barreras en los espacios públicos o comunes, las personas mayores empiezan a evitarlos”, advierte Herrmann-Lunecke.

Caminar para seguir haciendo vida en el barrio

El segundo artículo profundizó en lo que ocurre cuando las mujeres mayores salen del conjunto habitacional. Mediante entrevistas y ejercicios de mapeo participativo con 25 residentes, el equipo reconstruyó sus recorridos habituales y los motivos de sus desplazamientos en sus barrios.

La investigación mostró que caminar es su principal forma de acceder a comercios, servicios de salud, áreas verdes, actividades culturales y redes cercanas. Estos trayectos, además, les permiten encontrarse con amistades, sostener tareas de cuidado, mantenerse activas y participar de la vida pública.

“Las caminatas generan presencia, visibilidad en la comunidad y una posibilidad de interacción social bien importante”, plantea Herrmann-Lunecke. Por ello, las condiciones del entorno pueden ampliar o reducir el espacio cotidiano al que una persona mayor accede de manera autónoma.

Entre las principales barreras, las participantes identificaron veredas estrechas o deterioradas, desniveles, falta de rebajes de solera, cruces con tiempos semafóricos para peatones insuficientes y escasez de lugares para descansar. Estos obstáculos pueden obligarlas a modificar sus rutas, reducir las distancias recorridas o abandonar ciertas actividades.

En este contexto, las bancas aparecen como un elemento fundamental. “Un asiento o un banco es una infraestructura del cuidado. Permite descansar durante trayectos largos y aumentar el radio de movilidad en el barrio, pero también es una infraestructura para socializar: puedes sentarte y conversar”, explica la académica.

Aunque parezcan intervenciones simples, pueden definir si una mujer mayor logra continuar haciendo su vida de manera independiente. Estos hallazgos refuerzan la necesidad de que las políticas de vivienda, planificación urbana y envejecimiento incorporen estas experiencias desde el inicio del diseño, considerando de forma integrada la vivienda, los espacios comunes y el barrio.

“Para tener ciudades más justas e inclusivas, tenemos que diseñar considerando las necesidades de las personas mayores”, concluye.