Durante años, en las escuelas hemos dado una batalla profunda para liberar a la infancia de los estereotipos. Enseñamos que los colores no tienen dueño, que los juguetes no nacen con etiquetas y que cada niño y niña puede explorar libremente quién es, sin ser juzgado ni encasillado. Fue un avance enorme, construido con paciencia, reflexión y compromiso colectivo.
Por eso, cuando aparece un cuento como Ariel es una niña, surge una tensión inevitable. Aunque su objetivo es promover respeto, termina apoyándose en los mismos estereotipos que como docentes hemos trabajado por superar, la idea de que ciertos gustos, sensibilidades o formas de expresión podrían ser señales de identidad. Esa lectura reabre una puerta que la educación lleva años cerrando, la noción de que la ropa, los colores o los juegos “dicen algo” sobre quién eres.
Y eso contradice directamente lo que como profesores enseñamos, que un niño sensible sigue siendo niño, que una niña fuerte sigue siendo niña, y que los gustos no determinan la identidad.
Lo preocupante es que esta confusión entre expresión e identidad puede terminar erosionando la libertad expresiva que tanto costó conquistar. La infancia no necesita más etiquetas ni interpretaciones adultas, sino espacios protegidos donde jugar, explorar y crecer sin que cada gesto sea leído como un indicador. Identidad es un proceso profundo y personal, expresión es simplemente personalidad, creatividad y libertad.
A esto se suma algo esencial que no podemos olvidar, las familias tienen el derecho preferente de educar a sus hijos en estas temáticas, de acompañarlos según sus valores, creencias y marcos formativos. Ese rol es irremplazable. La escuela acompaña, orienta y abre espacios de conversación, pero nunca puede desplazar a la familia ni imponer interpretaciones sobre la identidad de un niño basadas en estereotipos que la propia pedagogía moderna ya descartó.
Si algo hemos aprendido, es que la educación es más sana cuando escuela y familia colaboran desde el respeto mutuo, sin que una interfiera con la esencia de la otra.
No se trata de negar experiencias ni de cerrar conversaciones, sino de pedir mayor responsabilidad pedagógica y mayor respeto por el rol formador de las familias. La verdadera inclusión no se construye leyendo estereotipos como señales, sino garantizando que cada niño y niña crezca en libertad, con la contención de su hogar y el acompañamiento de su escuela, sin etiquetas prediseñadas ni interpretaciones forzadas.
La invitación es simple, leer críticamente, cuidar lo que hemos avanzado y no retroceder en aquello que tanto costó conquistar, ni en la libertad de los niños.
LA OPINIÓN DE LA AUTORA NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN
Camila Villalobos– Profesora e Investigadora Educativa, Magíster en Educación.
