Para quienes profesionalmente formamos parte de la Educación Infantil, la importancia que reviste para niños y niñas asistir al sistema de Educación Parvularia, no solo por el afán de “entretenerse”, jugar y estar con otros niños, sino por todas aquellas oportunidades de aprendizaje que se generan en este espacio junto con la socialización y el bienestar en su sentido más amplio.
Asistir regularmente al jardín infantil o a los niveles de transición, no es solo una cuestión de presencia, sino una condición que favorece experiencias educativas significativas y continuas, considerando el gran valor de esta etapa formativa en la cual se adquieren los primeros logros, nociones, relaciones y todo un cúmulo de experiencias que favorecen el pensamiento matemático, lenguaje, la apreciación artística, las ciencias, como también el orden, respeto, responsabilidad, tolerancia y muchas otras adquisiciones, tanto cognitivas como emocionales y sociales.
En este sentido, la Educación Parvularia no debe entenderse solo como una preparación para la educación general básica, sino como un nivel educativo con un valor en sí mismo, el cual no se constituye en la antesala de nada. Muy por el contrario, su valoración está en la esencia de los aprendizajes que promueve, los ambientes que desarrolla y, sobre todo, en la valoración y el respeto de educar en una de las etapas más importantes de la vida. Sin embargo, cuando la asistencia es irregular, se pierde continuidad del proceso y de sus experiencias, como también se debilitan los vínculos con pares, educadoras y comunidad educativa.
Por su parte, la asistencia continua se debe asumir como una gran oportunidad de aprendizaje, dado que cada jornada ofrece experiencias de exploración, arte, lenguaje, relaciones sociales, dentro del marco de un sentido lúdico, es decir, se aprende jugando. Todo lo que en este espacio y contexto se pierde, no siempre se logra recuperar posteriormente, dado que los aprendizajes se construyen de manera progresiva mediante experiencias reiteradas, interacciones y acompañamiento.
Dentro de esta misma línea, asistir regularmente fortalece la construcción creciente de vínculos seguros, confianza, aceptación, convivencia positiva, junto con la adquisición y fortalecimiento de hábitos y desarrollo de la autonomía. Es necesario que todo lo anterior también sea visto y analizado desde la perspectiva de la equidad, dado que la asistencia continua puede ampliar oportunidades de aprendizaje, sobre todo para niños y niñas en condiciones de vulnerabilidad social.
La inasistencia por otra parte, también nos invita a reflexionar sobre las barreras que enfrentan muchas familias, y que impiden que sus niños puedan asistir regularmente. Factores como las dificultades de transporte, las condiciones laborales y los problemas de salud, entre otros, pueden explicar estas ausencias, que no necesariamente responden a negligencia o a una falta de valoración del sistema educativo, sino a una falta de oportunidades. De lo anterior se desprende la necesidad de promover estrategias necesarias para favorecer la participación, continuidad y permanencia.
La invitación es a no respaldarnos en frases como “es muy pequeño para asistir”, “si falta no se da cuenta”, “no necesita del jardín, pues se entretiene con sus hermanos y primitos”, dado que estamos restando grandes oportunidades a grandes seres humanos.
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Jocelyn Uribe – Directora de Ed. Parvularia, U. Central
