Cuentas bancarias desde la adolescencia: expertos analizan sus beneficios y riesgos

Académicos de las Facultades de Ciencias Sociales y de Economía y Negocios analizan cómo el acceso temprano a servicios financieros puede incidir en la autonomía de niños, niñas y adolescentes, además del rol de las personas cuidadoras en el desarrollo de hábitos responsables y su bienestar.

Diversas instituciones ya han abierto la posibilidad de adquirir una cuenta bancaria a partir de los doce o catorce años, bajo la supervisión de las familias. Esto permite una participación más temprana de adolescentes en los servicios y productos financieros, en el marco de un panorama cada vez más digital e inclusivo.

Jaime Ruiz-Tagle, director del Magíster en Políticas Públicas de la Facultad de Economía y Negocios de la U. de Chile, explica que la “evidencia internacional muestra que mientras más temprano en la vida los niños aprendan a manejar recursos escasos, como el dinero, mejor será su desempeño más adelante”.

Por ello, plantea además que la educación financiera debería comenzar en la educación básica. “Incluso en algunos países se llevan a cabo programas en educación preescolar”, dice también el director ejecutivo de la iniciativa Mi Barrio Financiero de la FEN de la U. de Chile y la Asociación de Bancos e Instituciones Financieras de Chile.

Este podría ser un ejercicio útil que contribuya a la independencia de las y los jóvenes, planteamiento con el que concuerda Marianella Abarzúa, académica del Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, quien valora de manera positiva el aprendizaje sobre cómo usar productos financieros desde la adolescencia.

Respecto de esa etapa de la vida, Abarzúa destaca los cambios que los adolescentes experimentan en sus vínculos, relacionados con el lugar y la posición que ocupan. La autonomía, explica, se va adquiriendo desde la infancia. “Se prepara desde muy temprano y tiene que ver con toda una línea de conquista de adquirir independencia”, menciona.

Inclusión financiera en jóvenes

La Estrategia Nacional de Inclusión Financiera de 2024 expone que los jóvenes enfrentan una “alta prevalencia de deuda y problemas de morosidad”, relacionados con los créditos y las casas comerciales. En ese sentido, la inmersión de jóvenes en el sistema financiero forma parte de un proceso más amplio de inclusión financiera.

Organismos nacionales e internacionales se refieren a la inclusión financiera como el acceso de la población a productos y servicios financieros formales. Es multidimensional, aunque sus dimensiones más básicas son el acceso, la calidad, el uso y el bienestar financiero.

En este último punto, las personas pueden resolver dificultades financieras de forma más sencilla e inmediata sin necesariamente recurrir al endeudamiento. No obstante, la inclusión financiera enfrenta barreras de accesibilidad económica, disponibilidad de espacios físicos para acceder a servicios financieros y falta de información, según la Comisión para el Mercado Financiero.

Para Joaquín Fernández, coordinador del programa Mi Barrio Financiero, hay nuevos desafíos en el país en esta materia. “Todavía debemos fortalecer el uso responsable de los productos financieros”, menciona. Desde su punto de vista, aquello es necesario “desde temprana edad con los estudiantes, pero también con los docentes y los establecimientos educacionales, porque son actores clave para que estos aprendizajes se mantengan en el tiempo”.

De hecho, el currículum nacional incluye la educación financiera en sus programas. De acuerdo con su página web, estos contenidos se enseñan desde primero básico, a partir del reconocimiento del trabajo y de los productos de la comunidad a la que pertenecen.

Pero el contenido concreto relacionado con herramientas, estrategias y usos de servicios financieros no se aborda hasta la enseñanza media, en primero medio, con las asignaturas de Historia y Geografía, y en un electivo de Economía y Sociedad dictado en establecimientos científico-humanistas, según Fernández.

Rol de adultos cuidadores

La educación financiera permite el uso apropiado de los instrumentos financieros, sean estos el crédito, el ahorro, la inversión, etcétera. Aporta a la adquisición de nuevas habilidades y comportamientos para responder a las necesidades económicas de cada persona o familia.

Joaquín Fernández plantea que una de las dificultades actuales es promover este tipo de conocimiento entre jóvenes, personas mayores, mujeres y la población más vulnerable. En el caso de los niños y niñas, la fuente de información más importante son las familias o adultos cuidadores.

En ese sentido, Jaime Ruiz-Tagle precisa que “es fundamental que los adultos responsables estén adecuadamente capacitados en temas financieros para poder guiar las conversaciones que puedan tener con sus hijos. Justamente fomentar el intercambio de conocimiento y la guía adecuada es fundamental para el buen desarrollo de ellos en el mundo real posteriormente”.

Esteban Puentes, académico del Departamento de Economía de la FEN de la U. de Chile, resalta una dificultad que podría surgir con el uso de cuentas bancarias por parte de niños, niñas y adolescentes: el ocultamiento de las transacciones a las familias. “Puede haber un tema de en qué estoy gastando el dinero. Por eso es importante que los padres y madres tengan acceso y control sobre el uso hasta los 18 años, obviamente”, dice.

El Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe expone una relación directa entre la inclusión financiera y la reducción de brechas de equidad, una mayor productividad, más bienestar económico y una reducción de la pobreza, lo que podría contribuir al bienestar futuro de las generaciones más jóvenes.

Las personas cuidadoras pueden tener muchas dudas acerca de cómo llevar a la práctica los conocimientos que se enseñan a las y los jóvenes. Jaime Ruiz-Tagle sugiere entregarles una determinada cantidad de dinero para que decidan en qué gastarlo.

“Va formando la capacidad de las niñas y niños de entender que los recursos no son ilimitados. También va permitiendo que puedan entender la importancia de postergar la gratificación y de cómo la planificación les puede ayudar a alcanzar sus metas”, expone Ruiz-Tagle.

Marianella Abarzúa propone una forma distinta de acompañar las transformaciones de las y los jóvenes a través de las prácticas parentales. “Tienen que ver con la comunicación y la promoción de la autonomía”, explica. Estas “se asocian con mejores indicadores de salud mental de los adolescentes”.

Entonces, aborda los desafíos que enfrentan las familias al acompañar el crecimiento de sus hijos e hijas. “Una de las cuestiones más difíciles para los padres del proceso de autonomía progresiva del adolescente, es que no se trata de soltar o de dejar de estar, sino que más bien se trata de estar de un modo diferente”, señala.