La norma restringe la construcción sobre sitios susceptibles de deformación y la construcción en las inmediaciones de fallas activas exigirá estudios adicionales.
Por su alta recurrencia y capacidad destructiva, los terremotos de subducción han concentrado gran parte de la atención de la ciudadanía y las autoridades chilenas. Esto ha relegado a un segundo plano los terremotos en fallas activas que, aunque menos frecuentes, pueden tener un impacto local potencialmente mayor que los anteriores. El gobierno las acaba de incluir en una norma oficial.
El pasado 10 de agosto, el Ministerio de Vivienda y Urbanismo (Minvu) aprobó una actualización a la norma NCH433 sobre diseño sísmico de edificios, la más importante en casi veinte años. De todos los cambios incluidos, aquellos relacionados a la construcción sobre fallas activas son los más llamativos: La norma restringe la construcción sobre sitios susceptibles de deformación y la construcción en las inmediaciones de fallas activas exigirá estudios adicionales.
La norma había sido técnicamente validada y aprobada por el Instituto Nacional de Normalización (INN) a inicios de este año, pero la firma de la autoridad resultaba crucial para su oficialización.
Esta norma tiene una historia que se remonta al terremoto de 2010. Tras el 27F, la norma NCH433:2009 mostró algunas deficiencias que fueron subsanadas mediante el Decreto Supremo n°61 de 2011, y durante quince años ambas convivieron en paralelo.
“Aunque el decreto fue muy útil porque liberó ciertas dificultades, en la práctica teníamos dos documentos que no eran completamente compatibles”, señala en ROCADICTOS el profesor Rubén Boroschek, académico del Departamento de Ingeniería Civil UCHILE y uno de los miembros del comité del INN que concretó los cambios en la norma.
Boroschek es un rostro conocido en la materia, ya que participó en el comité de expertos convocado por el presidente Sebastián Piñera tras el terremoto de 2010.
La norma actualizada (NCH433:2026) establece que ya no se podrá construir sobre cualquier sitio susceptible de deformación y obliga a hacer estudios especiales cuando la construcción se emplace en las inmediaciones de fallas activas conocidas.
Esta actualización tiene dos espíritus que la inspiran: uno probabilista (¿cuál es la probabilidad de que un evento sísmico ocurra?) y uno determinista (¿qué pasa si efectivamente ocurre?). Por ejemplo, aunque el último terremoto en la Falla San Ramón (FSR) ocurrió hace ocho mil años, eso «no significa que no deba hacerse nada», agrega Boroschek. En este sentido, la norma actualizada en Chile se hace cargo de un enfoque determinista que antes no estaba considerado. «Ya nadie va a poder ignorar la información pública sobre la existencia de las fallas activas», dice.

Históricamente, la mayor atención en Chile se la han llevado los terremotos de subducción. Su alta recurrencia e impacto geográfico los mantiene frescos en la memoria de ciudadanos y autoridades, por lo que rápidamente fueron incluidos en las normas de diseño de infraestructura.
Caso distinto son los sismos corticales en fallas activas, cuya baja recurrencia los ha relegado a un segundo plano. Sin embargo, su gran peligro es que son capaces de romper la superficie, «alcanzar aceleraciones del suelo localmente mucho mayores y con espectros de frecuencia distintos a aquellos de los terremotos generados en el contacto de subducción de las placas tectónicas, cosa que puede destruir o impactar fuertemente la infraestructura», dice el profesor Gabriel Easton, del Departamento de Geología.
En Chile se han identificado casi mil fallas activas en el territorio, con la Falla San Ramón (FSR) como el ejemplo más emblemático del país. Casi dos millones de personas viven en las comunas que atraviesa esta falla y miles viven directamente sobre esta estructura geológica, que se extiende por 50 km a lo largo del piedemonte de Santiago.
A pesar de su importancia, la FSR no aparece contemplada dentro del Plan Regulador Metropolitano de Santiago (PRMS), principal instrumento de ordenamiento territorial de la capital. Esto se ha traducido en que gran parte de su traza se encuentra urbanizada, especialmente en el sector oriente de la ciudad. De todas formas, todavía existe un 30-40% de la falla sin urbanizar entre los ríos Mapocho y Maipo, más aún en la comuna de Pirque.
Las fallas geológicas son estructuras de peligro en la corteza terrestre, lo que ha motivado a geocientíficos UCHILE a desarrollar proyectos de investigación para describir la geometría, extensión y su potencial para generar sismos en distintos lugares de Chile.
El investigador José González-Alfaro (Departamento de Geofísica) investiga la falla Puerto Aldea (región de Coquimbo), Luisa Pinto (Departamento de Geología) lo hace en la falla Cariño Botado de la precordillera de Valparaíso y Gabriel Easton (Departamento de Geología) desarrolla proyectos en la Falla San Ramón, en el piedemonte de Santiago.
«Llevamos más de veinte años estudiando el peligro sísmico de la Falla San Ramón, con avances científicos que han develado su carácter activo, evaluado el riesgo sísmico para Santiago y con recomendaciones específicas para la política pública. Esta modificación de la norma sísmica NCH433 representa un avance importante en la materia, que junto con la elaboración de planes de respuesta ante la activación de la amenaza, su incorporación en planes reguladores regionales y comunales y otras medidas que apunten a la educación y un mayor conocimiento de las fallas activas, contribuirá a incrementar la sostenibilidad y la resiliencia de nuestro país», señala el profesor Easton.
En Chile existen varias normas para el diseño de infraestructura. La norma NCH2369 regula la infraestructura mayor, como hospitales, a las que se suman otras para el sector eléctrico o infraestructura caminera. La norma NCH433 reglamenta el diseño de infraestructura residencial, comercios y oficinas.
El terremoto del 27F demostró la calidad de la ingeniería sísmica chilena. De los diez mil edificios en la zona afectada por el sismo, menos del 0,5% sufrió daños y prácticamente no se registraron colapsos.
«Pero hubo 100 edificios que no colapsaron pero que tuvieron que ser demolidos, por lo que vimos la oportunidad de mejorar esa situación», agrega el profesor Boroschek en ROCADICTOS.