Por Simona Peralta
Últimamente he acompañado a mi papá al médico porque le detectaron cáncer de próstata. Y no es ninguna revelación lo que pasa en este camino: si tienes plata, muchas veces los médicos te tratan mejor, cuidan su lenguaje y son más empáticos.
Esta semana, mi papá entró al GES y vimos a un urólogo en el Hospital del Salvador. El médico era un tipo que, quizás, tiene menos años que yo. Imagino que sobrepasado por el sistema, dijo frases como: «Usted tiene 83 años. En Chile, según las estadísticas, la gente se muere a los 84 o 85».
Ver la cara de mi papá —un señor que maneja, lee todos los días y que no aparenta la edad que tiene— cuando escuchó eso, me partió el corazón.
La consulta duró 22 minutos. Hubo más frases como «quizás ya tiene metástasis en todo el cuerpo», y una y otra vez volvía al tema de su edad. Las dijo con una liviandad terrorífica, como si estuviéramos hablando del clima o de quién será el próximo campeón del Mundial.
Al escucharlo, prácticamente mi papá estaba desahuciado. Y la realidad, por suerte, es otra.
¿Está mal visto ser amoroso o empático con el prójimo?
Algunos gobiernos lideran desde la rabia y el desprecio en su lenguaje. Pero, de corazón, espero que algunos médicos del sistema público recuerden que un par de palabras dichas con empatía pueden cambiarle el día, la semana, el mes o incluso el año a una persona.
No se trata de esconder un diagnóstico. Se trata de comunicarlo con humanidad. De imprimir un poco de amorosidad a lo cotidiano.
Disclaimer 1: Obviamente, esto no cambia nada. Solo estoy siguiendo el consejo de mi psicóloga: compartir lo que siento.
Disclaimer 2: Tres funcionarias del hospital fueron extremadamente amorosas. Nos indicaron cómo llegar al lugar correcto e incluso nos sacaron unas fotocopias sin cobrarnos. A ellas, de verdad, muchas gracias.