En una plaza cualquiera —podría ser Santiago, Concepción o cualquier ciudad donde aún queden árboles— un adolescente con máscara de lobo se descuelga de una rama con una agilidad que desmiente la torpeza sedentaria de nuestra época. Tras él, otro; luego, una pequeña manada. No aúllan, no muerden, no incendian nada. Se desplazan en cuatro patas, olfatean el pasto, ensayan saltos, se miran entre sí con una complicidad que rara vez se ve en un grupo de adultos. La escena —real, ocurrida en Chile y replicada en otras partes del mundo— ha bastado para que medio país active la alarma moral. “¿En qué momento se jodió la juventud?”, preguntan padres angustiados, panelistas de matinal, sociólogos de sobremesa y comentaristas digitales, mientras multiplican memes con velocidad exponencial desde la comodidad de sus pantallas. El nombre que circula con mezcla de desconcierto y burla es este: therian.
Conceptualmente, el término —abreviación de therianthrope— designa a personas que experimentan una identificación interna, ya sea psicológica o espiritual, con un animal no humano. No es equivalente al fenómeno furry (o “furro”): allí se trata, principalmente, de una comunidad artística y performática en torno a personajes animales antropomorfos, donde el disfraz, la creación de “fursonas” y el juego de rol forman parte del lenguaje cultural. En el caso therian, en cambio, la identificación, al parecer, no se vive como representación ni como hobby, sino como una dimensión íntima y constitutiva de la propia identidad, especialmente entre niños, adolescentes y jóvenes que la expresan como parte de su experiencia personal.
La prensa chilena lo ha abordado en semanas recientes; en el portal de Cooperativa.cl, la psicóloga Camila Navarrete explicó que puede entenderse como una forma de exploración identitaria adolescente, una narrativa simbólica que permite pertenencia y diferenciación sin que ello constituya, en sí mismo, un cuadro clínico. Añadió, también, las diferencias presentes con otras subculturas adolescentes y su expansión vía redes sociales.
Siendo padre de una adolescente, por supuesto que me pregunto: ¿debemos preocuparnos? Antes de que rasguemos vestiduras quizás es conviene recordar que la teriantropía —la transformación simbólica de humano en animal— es tan antigua como la humanidad y las primeras formas de arte rupestre. Las figuras híbridas de la cueva de Trois-Frères en Francia, el llamado “hechicero”, muestran ya en el Paleolítico superior cuerpos humanos con atributos animales. El historiador de las religiones Mircea Eliade describió en Shamanism: ArchaicTechniquesofEcstasy cómo los chamanes siberianos vestían pieles, cornamentas y máscaras para “viajar” espiritualmente convertidos en águilas o renos. Claude Lévi-Strauss analizó el totemismo como sistema clasificatorio en el que clanes humanos se reconocen en especies animales. En Mesoamérica, el nagual expresa la co-esencia entre persona y animal; en África occidental, ciertos rituales incluyen escarificaciones que evocan pieles de cocodrilo; en el antiguo Egipto, divinidades como Anubis o Horus portaban cabeza de chacal o halcón. El carnaval europeo, estudiado por Mijaíl Bajtín, cuenta como una de sus características principales la inversión de jerarquías, permitiendo que lo racional y lo humano se desborde en máscaras y bestiarios singulares. Visto así, la frontera entre especie humana, el simbolismo y el animal, nunca fue rígida.
Desde la psicología analítica, Carl Gustav Jung nos habló de arquetipos animales como expresiones del inconsciente colectivo: en sueño, los animales representaban para el psiquiatra suizo, posiblemente lo instintivo, lo salvaje, lo reprimido por la cultura. La pregunta, entonces, no es por qué surgen los therian, sino por qué nos sorprende tanto esta relación singular entre humano y animal.
Agreguemos un dato más, pues quizás el contexto actual importa. La Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) advirtió en su informe global que hasta un millón de especies podrían estar en riesgo de extinción en las próximas décadas. Los adolescentes lo saben. También saben que el planeta se calienta, que la desigualdad socioeconómica persiste y que la sociedad como espectáculo humano en redes sociales incluye horrores transmitidos en tiempo real. Han visto investigaciones judiciales que revelan redes de abuso sexual de menores y poder como las asociadas a Jeffrey Epstein. Han visto la devastación en Gaza y las acusaciones formales de crímenes de guerra y posibles actos genocidas debatidas en tribunales internacionales. Han visto los efectos de la hambruna en África y más guerras. No son ingenuos. Consumen información cruda, sin filtros y más allá de lo que podemos suponer.
Otro dato, no menor, según la 9ª Encuesta Nacional de Juventudes 2024 del Instituto Nacional de la Juventud(INJUV), indicó que una proporción significativa de jóvenes en Chile no proyecta la maternidad o paternidad como objetivo vital y que, entre quienes no desean tener hijos, muchos mencionen el cambio climático como un factor determinante. Más del 90 % percibe que la crisis climática afectará negativamente su futuro. En este contexto emerge la llamada ecoansiedad: una angustia persistente frente al deterioro ambiental que, sin ser un trastorno clínico en sí mismo, expresa un malestar generacional ante un horizonte ecológico incierto.
Mi impresión, es que en este paisaje moral y natural erosionado, la identificación con lo animal puede leerse también como metáfora crítica. ¿Es patología o es protesta simbólica? La literatura clínica no reconoce la identidad therian como trastorno en sí mismo; la preocupación aparece solo cuando hay desconexión severa de la realidad o daño posible para otros o sí mismo. Mientras tanto, algunos de los especialistas citados señalan que estas prácticas pueden canalizar pertenencia y exploración sin riesgo intrínseco.
Hay, además, otro dato incómodo para nosotros, los adultos: muchos de estos jóvenes salen de las pantallas para ir al parque, la plaza o un bosque. Hace un par de décadas, el periodista Richard Louv, autor de Last Child in the Woods, describió el “trastorno por déficit de naturaleza” para aludir a los costos cognitivos y emocionales de crecer desconectados del entorno natural. Entonces, si una máscara de zorro es la excusa para trepar un árbol, respirar aire frío y sentir el cuerpo, quizá el gesto no sea decadencia sino síntoma de búsqueda.
Invirtamos la pregunta con honestidad: ¿por qué algunos therian quizás no quieren ser o no se sientes identificados como humanos? ¿Qué referentes ofrecemos como país, como sociedad o cultura cuando la política exhibe cinismo, cuando el mercado captura el deseo y cuando el progreso arrasa ecosistemas completos? Tal vez la máscara no sea una fuga patológica sino un lúcido espejo. Tal vez sea una crítica muda a nuestra especie fuera del lenguaje humano.
No idealizo ni romantizo. Todo fenómeno colectivo merece observación rigurosa. Pero tampoco me apresuro a patologizar. Si bajo esas máscaras hay jóvenes que ensayan otra relación con lo vivo, que buscan pertenecer a una comunidad que no esté fundada en la competencia sino en la manada, que intuyen —acaso ingenuamente— que lo humano necesita reformularse o reconciliarse con lo animal, entonces algo interesante está ocurriendo.
Quizá no quieran dejar de ser humanos. Quizá quieran recordarnos que también somos animales, que nunca lo hemos dejado de ser y que olvidarnos de aquello nos está costando demasiado caro.
Por eso, sin ironía y con una esperanza que no creo ingenua sino necesaria, lo digo con claridad: si ser therian significa ensayar una nueva alianza con la tierra en medio de la devastación; si implica afinar el oído hasta volver a escuchar el rumor del bosque y el pulso del río dentro de sí; si supone reaprender el sentido de la tribu, de la manada, de la pertenencia a algo más vasto que un yo fragmentado y superficialproyectado en una red social, entonces —tal vez— yo también quiera ser un therian…
(Dedicada a Olivia y Maite)

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE DIARIO LA RAZÓN
Pedro Salinas Quintana – Psicólogo clínico, Doctor en Filosofía, Académico de la Universidad de Santiago de Chile y Director de la Fundación Santa Sophia.
Contacto: psalinasquintana@gmail.com