
En el debate público actual se ha vuelto frecuente escuchar hablar de la “batalla cultural”, muchas veces presentada como una disputa por imponer una determinada visión de la sociedad. Sin embargo, para los trabajadores esta no es una consigna nueva ni un eslogan pasajero. La batalla cultural ha sido, desde siempre, una necesidad vital, porque en ella se resguarda nuestra historia, nuestras luchas, nuestras conquistas y también nuestras derrotas.
Para el mundo del trabajo, la memoria no es un ejercicio académico ni un recuerdo distante. Está escrita en los puertos, en las oficinas salitreras, en las faenas mineras, en los campamentos y en las ciudades que crecieron al ritmo del esfuerzo de generaciones de hombres y mujeres. Está en las huelgas, en las organizaciones obreras, en las leyes conquistadas y también en los episodios más duros, aquellos en que la violencia cayó sobre trabajadores cuyo único delito fue exigir dignidad.
Recordar las masacres obreras, recordar el largo camino que permitió que el trabajo comenzara a ser reconocido y regulado por la ley, y recordar cómo se fueron conquistando derechos que hoy parecen naturales, no es nostalgia. Es comprender que nada de lo que hoy existe fue un regalo. Todo fue producto de la organización, de la conciencia y, muchas veces, del sacrificio.
Por eso, la tergiversación de la historia constituye un riesgo profundo para la democracia. Cuando se suaviza el maltrato sufrido por generaciones de trabajadores, cuando se intenta relativizar o minimizar las violaciones a los derechos humanos, o cuando se pretende humanizar la dictadura militar y presentar a sus responsables como una necesidad inevitable o un mal necesario, no solo se distorsiona el pasado: se debilita el presente y se amenaza el futuro.
Una democracia sólida requiere memoria. Requiere que la sociedad conozca su historia completa, sin ocultamientos ni justificaciones, entendiendo que los derechos, la justicia social y la dignidad humana han sido siempre conquistas, nunca concesiones espontáneas.
Pero la memoria no es solo un derecho: es también una responsabilidad. Para los trabajadores, la historia no es un relato ajeno ni un capítulo cerrado; es parte de nuestra identidad, de nuestras organizaciones, de nuestras familias y de nuestros territorios. Nos pertenece y, precisamente por eso, estamos obligados a defenderla.
Defender la historia es defender la dignidad de quienes lucharon antes que nosotros: de los obreros del salitre, de los trabajadores portuarios y ferroviarios, de los mineros del cobre, del hierro y del carbón, de todos aquellos que, con su esfuerzo y muchas veces con su vida, abrieron el camino que hoy transitamos.
Cuando un pueblo pierde la memoria, pierde también el sentido de su camino. Y cuando los trabajadores olvidan su historia, otros la escriben por ellos, muchas veces para justificar privilegios, ocultar abusos o relativizar injusticias.
Por eso, la batalla cultural no es una moda ni una consigna circunstancial. Es una tarea permanente. Una tarea que nos convoca, que nos une y que nos compromete, no solo por respeto al pasado, sino también por responsabilidad con el futuro.
Porque la historia de los trabajadores no es solo memoria: es herencia, es identidad y es deber. Y defenderla no es una opción; es parte de lo que somos.
Ronald Salcedo G
Presidente
Federación de Sindicatos BHP Chile