No sería la primera vez que el mundo se acaba. Se acabó cuando cayó Roma y el orden imperial se volvió una ruina administrada. Se acabó con la peste negra, cuando Dios guardó silencio y la muerte se volvió estadística. Se acabó en 1492, para quienes jamás escribirían su versión del “descubrimiento”. Se acabó en 1914, cuando Europa descubrió que la razón ilustrada también sabía aniquilar. Se acabó en Auschwitz, donde la técnica se emancipó de la moral. Se acabó en Hiroshima, cuando el fin del mundo tomó la forma de mil soles en un horizonte arrasado. Se acabó con Gaza y la muerte de infantes y civiles en una escala brutal.
Y, sin embargo, aquí estamos. Siempre después de un fin. Siempre gobernando —o creyendo gobernar— sobre escombros simbólicos que preferimos no mirar demasiado de cerca.
Pero Auschwitz y Hiroshima no fueron solo hechos históricos, sino categorías políticas. Hannah Arendt entendió que el mal moderno ya no necesita fanatismo: puede operar desde la normalidad burocrática, desde la obediencia funcional, desde la técnica que separa acción y responsabilidad. La “banalidad del mal” no consistió, entonces, en monstruos excepcionales, sino en sujetos y sistemas que cumplen órdenes sin pensar en las consecuencias. Esa misma lógica —administrativa, técnica, despersonalizada, individualista— es la que hoy permite bombardear, bloquear, capturar o “neutralizar” sin que el acto aparezca como crimen, sino como procedimiento.
En el siglo XXI el mundo ha vuelto a acabarse, pero no con una gran explosión final, sino de una forma más inquietante: el agotamiento progresivo de las reglas que decían impedir el desastre. No asistimos al colapso repentino del orden internacional, sino a su erosión selectiva, pragmática, cada vez menos pudorosa. Y si bien el derecho internacional y los derechos humanos no han muerto, cada vez resulta más frecuente ver a quienes pueden, abiertamente, prescindir de ellos.
La guerra sin nombre y la legalidad como decorado
Podríamos decir que la catástrofe contemporánea es una obra en tres actos recientes que condensan en plenitud este “fin de mundo” como momento histórico.
Primer acto: la invasión rusa a Ucrania, en febrero de 2022, presentada por Moscú bajo distintas excusas, encontró su forma en una “operación militar especial” destinada a proteger su seguridad nacional y a frenar la expansión de la OTAN. Un acto que vulneró abiertamente la Carta de las Naciones Unidas, pero que fue sostenido por una narrativa geopolítica clásica: esferas de influencia, fronteras históricas, amenazas existenciales, grupos neonazis, incluso.
Segundo acto: la devastación de Gaza tras los ataques terroristas de Hamas del 7 de octubre de 2023. Israel invocó su derecho a la legítima defensa —un derecho reconocido por el derecho internacional—, pero lo hizo mediante una estrategia militar que organismos como Naciones Unidas, Human RightsWatch y Amnistía Internacional han calificado reiteradamente como desproporcionada y potencialmente constitutiva de un castigo colectivo. ¿El resultado? 600.000 muertes, la mayoría niños y civiles. Los derechos humanos al desfiladero bajo una forma de perversión y crueldad como nunca antes vimos.
Tercer acto: la captura de Nicolás Maduro tras una incursión militar de tropas de élite de Estados Unidos, actuando con precisión quirúrgica en territorio venezolano, presentada por Trump como una acción justificada y necesaria contra el narcotráfico internacional (y todo hace pensar que lo era). El problema vino con las declaraciones posteriores: el gobierno de transición sería con la mujer fuerte del “madurismo” y Corina Machado al banco de suplentes con su Nobel en la mano.
Podríamos afirmar que, de una forma u otra, opera en esta tragedia de tres actos el invocar alguna forma de “estado de excepción”. Carl Schmitt formuló sin ambigüedad la idea que hoy vuelve a imponerse: “soberano es quien decide sobre el estado de excepción”. Es decir, quien puede suspender la ley en nombre de la ley misma. Giorgio Agamben llevó esta intuición al extremo al advertir que, en las democracias contemporáneas, el estado de excepción ya no es una anomalía, sino una técnica normal de gobierno. Gaza, Ucrania y Venezuela no son anomalías: son laboratorios, pruebas de ensayo para lo que podrían ser actos que requieren una puesta en escena aún mayor.
La seguridad se convierte así en una coartada universal. No se niega el derecho; se lo suspende convenientemente de forma “temporal”. No se destruye la norma; se la deja en pausa. Pero cuando la excepción se prolonga, cuando se vuelve reiterativa y selectiva, la legalidad deja de ser un límite y se convierte en una escenografía de fondo fijo.
Pro Patria Mori
La frase pro patria mori (morir por la patria) proviene del verso completo del poeta romano Horacio (65–8 a. C.): Dulce et decorumest pro patria mori, que significa “Dulce y honorable es morir por la patria”. Su poder e ironía histórica residen en que, desde su origen, ha sido tanto un lema patriótico usado para movilizar el sacrificio como un objeto de crítica y desmitificación. Su uso más célebre y moderno es el del poeta británico Wilfred Owen, quien en su poema Dulce et DecorumEst (1917), sobre los horrores de la guerra de trincheras, califica la frase como “la vieja mentira”.
Putin, Netanyahu y Trump —cada uno desde encuadres políticos distintas— comparten un mismo dispositivo discursivo: la seguridad nacional y el amor a la patria como justificación última. Cuando la seguridad del país está en juego, la legalidad se vuelve secundaria; la diplomacia, un estorbo; el multilateralismo, una pérdida de tiempo.
Aquí el realismo en Relaciones Internacionales ofrece una lectura incómoda pero esclarecedora. John Mearsheimer ha sostenido, desde el realismo ofensivo, que las grandes potencias tienden inevitablemente a maximizar su poder y a asegurar sus esferas de influencia, aun a costa del derecho. Desde esta óptica, Rusia en Ucrania, Israel en Palestina o Estados Unidos en América Latina no estarían “rompiendo el orden”, sino actuando conforme a una lógica estructural que el discurso humanista liberal prefirió ignorar.
Pero esa explicación no basta. La crisis actual también puede leerse como una hegemonía en declive. Charles Kindleberger y Robert Gilpin mostraron que cuando una potencia hegemónica pierde capacidad —o voluntad— de sostener reglas comunes, el sistema internacional entra en una fase de inestabilidad. El multilateralismo no cae porque sea inútil, sino porque ya no hay quien esté dispuesto a pagar su costo, y Trump, al respecto, lo ha expresado sin decoro alguno. Pro patria mori… sí, pero no yo, quizás en otro momento y solo si hay cadenas de televisión internacionales transmitiendo en vivo…
Autoritarismo democrático y política como espectáculo
Se puede decir cualquier cosa de Trump, menos que sea aburrido. En sí mismo encarna a fondo la lógica del show business. Dueño de una portentosa mentalidad mediática, sus declaraciones desde el avión (“necesitamos urgentemente Groenlandia…”), sus discusiones con la prensa, su tendencia a ironizar, ridiculizar y menospreciar, incluso a otros jefes de Estado, dan material para un comidillo más propio de una crónica amarillista que para análisis intelectuales de política internacional. Saltando por sobre cualquier protocolo de comunicaciones gubernamentales, queda claro que quien sea que quien dirige la orquesta del mundo es el hombre de cara maquillada color zanahoria.
Herbert Marcuse lo anticipó en El hombre unidimensional: las democracias avanzadas no necesitan abolir libertades para volverse autoritarias. Eso lo hace por sí sola la máquina productiva incesante del capitalismo moderno. Basta con administrar el consenso y reducir el horizonte de lo pensable. Guy Debord lo dijo de otro modo: vivimos en la sociedad del espectáculo, donde la representación sustituye a la experiencia y la imagen desplaza al contenido. Trump lo hizo a la perfección. Reemplazó ideas por slogans: “MakeAmerica Great Again”, y triunfó.
Para explicar el fenómeno de este tipo de presidentes —Trump, Netanyahu, Putin o Milei—, Zygmunt Bauman agregó una capa decisiva: en la modernidad líquida nada es estable; todo es volátil, reversible, desechable. La política ya no promete futuro; administra ansiedad. Byung-Chul Han ha descrito este escenario como una forma de “violencia neuronal”: saturación informativa, indignación permanente, agotamiento moral, autoexplotación. No reaccionamos no porque no queramos, sino porque estamos exhaustos. Mi impresión es distinta. No reaccionamos, porque en definitiva a nadie le importa. Menos a los jóvenes, pues cuando el horizonte de futuro se vuelve incierto, el presente es lo único relevante, y en ese contexto cada quien libra solo su propia batalla.
No es casualidad entonces, que Trump prolifere en ese caldo cultural que le proveen las redes sociales donde todo se vive bajo la lógica de lo inmediato. No es un ideólogo. No es un estadista. Es un empresario que trata la política como una adquisición hostil. No cree en acuerdos: cree en transacciones. No cree en normas: cree en contratos asimétricos. No busca coherencia: busca impacto. No busca sostenibilidad, busca crédito inmediato.
Por eso Trump resulta ser una figura tan compleja, pues puede ser celebrado hoy por quienes ayer lo repudiaban. Por eso puede burlarse de la diversidad, negar el cambio climático, apoyar sin fisuras a Israel y, al mismo tiempo, ser aplaudido por la captura de Maduro. Como dijo en una recordada entrevista el futbolista Carlos Caszely, a Trump no se le puede exigir estar de acuerdo consigo mismo. La contradicción no lo debilita: lo define.
Kast frente al espejo del aliado imposible
José Antonio Kast emerge en este escenario como una figura ambigua. Su trayectoria ideológica es conocida: posiciones ultraconservadoras en aborto, matrimonio igualitario y derechos reproductivos; énfasis en orden, seguridad, inmigración y delincuencia; una afinidad explícita con el trumpismo y, más recientemente, con el experimento libertario argentino.
Sin embargo, su discurso tras la victoria electoral sorprendió por su tono conciliador, su llamado a la unidad y su reconocimiento explícito a una adversaria comunista, llegando a pedir que sus partidarios acallaran las pifias y mostraran respeto “para una mujer valiente que también quiere lo mejor para Chile”. ¿Pero quién es entonces Kast? ¿Nos quedamos con el presidente electo o con el candidato?
Kast aterrizará en el gobierno con un problema histórico que ningún otro presidente de Chile ha experimentado: no gobierna en los años noventa, ni siquiera en la posguerra fría. Gobierna en un mundo donde el derecho internacional se debilita, donde la fuerza vuelve a ser un argumento legítimo y donde los aliados ideológicos pueden transformarse rápidamente en cargas geopolíticas.
Y aquí es donde aparece el problema central para José Antonio Kast.
No basta con decir que es un aliado ideológico del trumpismo. Hay que precisar en qué: en el énfasis en el orden, en la desconfianza hacia el multilateralismo, en la jerarquización moral, en la idea de que la política es decisión más que deliberación. Pero es de aquí mismo de donde surge la posiblefricción.Trump no cree en aliados permanentes, sino en intereses cambiantes. La reactivación implícita de la doctrina Monroe sugiere una América Latina concebida como zona de influencia más que como comunidad política. Cuando llegue el momento de optar entre alineamiento ideológico y autonomía diplomática, Kast deberá decidir.
Chile tiene una tradición de política exterior legalista, institucional y multilateralista. Trump no cree en tradiciones; cree en resultados. Trump no pide afinidad: exige alineamiento. Y ese alineamiento es transaccional, no doctrinario.La pregunta incómoda es inevitable:¿Hasta dónde estaría dispuesto a llegar Kast cuando las demandas no sean simbólicas, sino materiales? ¿Recursos estratégicos? ¿Condiciones comerciales? ¿Silencios diplomáticos?
Kast no es Milei. No es el arlequín del caos. No lo veremos cantando rock en chaqueta de cuerpo, ni insultando presidentes por redes sociales, ni burlándose de personas en condición autista. La tradición presidencial chilena impone sobriedad y Kast (me parece) encarna esa tradición. Su idea de habitar como residencia el Palacio de La Moneda, aun durmiendo en un sacos de dormir, no queda del todo claro si es un gesto retórico o es la convicción vívidade una persona confesional que se mueve en favor de una austeridad que debería partir desde arriba (pero cuidado: en tiempos de crisis, incluso la sobriedad puede volverse ambigua).
Por esto, Kast tampoco es Trump. Su modelo, más cercano a la moderación formal y la dureza sustantiva, lo toma más bien de Meloni, una derechista que aprendió en el camino que debía trabajar la moderación, incluso, en el tema migratorio. Su primer discurso, una vez reconocido el triunfo por Jara, fue sorprendentemente conciliador y sobrio, casi haciendo uso de una conciencia histórica: gobernar no es agitar. No en los tiempos del fin del mundo.
Pero el mundo que hereda no favorece la prudencia.
Gobernar después del fin
Chile posee cobre, litio, mar y toneladas de agua dulce. En un planeta que entra en crisis climática, energética y geopolítica, esos bienes dejan de ser recursos económicos para convertirse en objetos de disputa estratégica. En ese escenario, la soberanía ya no se pierde con invasiones, sino con contratos. Hace algunos años, durante el primer gobierno de Piñera, Pablo Longueira afirmaba en una entrevista radial que no serían los políticos quienes unirían a Sudamérica, sino los empresarios. Claramente, esa era su esperanza, al menos.
Cuando en 1931 Paul Valéry escribió la frase “le temps du monde finicommence”, en su libro Regards sur le monde actuel, no hablaba de catástrofes súbitas, sino del agotamiento de una ilusión: la de un progreso lineal garantizado por instituciones racionales. Valéry definía el tiempo del mundo acabado como el mundo del burócrata, el mundo donde todo sería visto con la lógica de un gran inventario, con la mirada del funcionario, donde todo tendría dueño y no quedarían vacíos en los mapas. El mundo se volvería una disputa, pero no por ideologías políticas ni mucho menos religiosas: todo redundaría en una simple pero continua disputa económica entre intereses particulares.
Quizás el mundo ya se nos ha acabado demasiadas veces. Muchas más que las cinco extinciones masivas que ha enfrentado la vida desde sus orígenes en la Tierra. Muchas más que todas y cada una de las guerras que sumaron millones de muertos. Hoy, el peligro parece no ser el fin, sino la naturalización del fin, de la catástrofe y de la destrucción. Inglaterra y Alemania se preparan para una eventual invasión por parte deRusia. Irán espera nuevos ataques de Israel. Trump parece ir sin pudor por Groenlandia y luego por Cuba —y quizás también por Colombia—. China, Japón y Taiwán viven una tensión política que no experimentaban desde hace años.
Y cuando la excepción se vuelve regla, cuando la fuerza reemplaza al derecho y el espectáculo sustituye a la política, gobernar deja de ser conducción y se vuelve mera gestión programada del daño.
¿Cuánto del Kast que gobierne será el candidato y cuánto el presidente electo moderado? ¿Cómo lidiará con la motosierra de Milei y con la, hasta ahora, simpatía de Trump? Lo de Kast sigue siendo una incógnita, tal vez incluso para sí mismo. Pero en un mundo que vuelve a acostumbrarse al poder desnudo, esa ambigüedad ya no es psicológica: es histórica, es política, y ningún gobierno ambiguo navega bien en aguas revueltas.
Porque gobernar después del fin no consiste en negar los problemas —la desigualdad, la carencia de alimento a nivel mundial, los conflictos armados, el calentamiento global, las islas de plástico en los océanos, el narcopoder, la crisis migratoria—. No. No consiste en negar que estamos parados sobre las ruinas de un tiempo acabado que comienza, sino en decidir —con lucidez y coraje— qué tipo de mundo se intentará reconstruir sobre ellas.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE DIARIO LA RAZÓN
Pedro J. Salinas-Quintana – Psicólogo clínico, Doctor en Filosofía, Académico de la Universidad de Santiago de Chile y Director de la Fundación Santa Sophia.
Contacto: psalinasquintana@gmail.com