Señor Director:
En tiempos electorales, la propaganda política vuelve a ocupar el espacio público, aunque ya no de la misma forma. Hoy, más que las plazas o los muros, el campo de batalla son las pantallas. Los mensajes circulan en redes sociales donde los algoritmos determinan qué vemos, qué ignoramos y, muchas veces, qué creemos.
La persuasión política se ha vuelto más precisa y emocional: los microinfluenciadores reemplazan a los antiguos líderes de opinión y las campañas segmentan audiencias con una exactitud que no tiene precedentes. El resultado es que los mensajes ya no buscan convencer a los indecisos, sino reforzar identidades y polarizar emociones. Diversos estudios demuestran que la propaganda contemporánea construye “realidades paralelas”, donde cada grupo recibe una versión distinta del país. Los llamados “efectos de agenda” —que definen los temas sobre los cuales pensamos— se amplifican en este entorno digital, donde la información se mezcla con opinión, rumor y emoción.
A pocos días de las elecciones, vale recordar que la verdadera libertad política se ejerce cuando el ciudadano puede distinguir entre información y manipulación. Entender cómo se diseñan y circulan los mensajes no es solo un ejercicio académico: es una forma de defensa democrática.
Hoy la propaganda no ha desaparecido; simplemente cambió de forma. Ya no se impone desde la plaza, sino que se infiltra en los hábitos digitales. Reconocer esa arquitectura invisible del discurso político es, quizás, el primer paso para votar con conciencia y no solo con conexión.
JCarol Frost
Directora de la Escuela de Publicidad, Universidad Andrés Bello