• octubre 25, 2020
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Por Patricio Órdenes | Las bombas de la ilusión

“Una sociedad libre nunca corre más riesgo que cuando las expectativas aumentan más rápido que los resultados”. De esta forma…

 Por Patricio Órdenes | Las bombas de la ilusión

“Una sociedad libre nunca corre más riesgo que cuando las expectativas aumentan más rápido que los resultados”. De esta forma Mary Anastasia O’Gradys, editora del Wall Street Journal, comienza su lapidaria columna titulada “Chile’s suicide mission” publicada esta semana en las páginas de aquel medio. La autora acierta en puntualizar un fenómeno que vale la pena advertir a días de decidir sobre una nueva Constitución, a saber: las expectativas y la frustración.

Las expectativas, las creencias que las personas suelen formularse acerca del futuro, como enseña la psicología de las emociones, suelen contener dentro de sí un peligro que se desata cuando estas no se realizan: la frustración. En efecto, la frustración estalla cuando la realidad es incapaz de satisfacer los deseos e ilusiones que la persona se ha preconcebido respecto de ella. Los deseos incumplidos serían así el motor de la frustración. Este fenómeno, sin embargo, no solo ocurre en el plano personal, sino también lo experimentan las sociedades, tal es el caso de la sociedad chilena.

Las promesas de una nueva Constitución han dado lugar a las más diversas ilusiones en la esfera pública, que duda cabe. Y es que imaginar una nueva Constitución invita naturalmente a los votantes a sustituir la realidad –es decir, el “es”, el Chile de hoy, con sus falencias y necesidades– por el “será” o el “podría ser”. Así, quien votará apruebo este domingo, ineludiblemente lo hace con la noble convicción de que un Chile mejor es posible, y que la clave de aquello está, desde luego, en la Constitución. Y es justamente en esa noble convicción donde reposa el peligro.

Para quien se detenga a analizar el escenario económico chileno de la última década, y más aún del último año, no sería ninguna sorpresa advertir que Chile atraviesa un complejo período de estancamiento, al margen de los efectos de la pandemia. Y un menor crecimiento, cabría advertir, para quien aún no se haya enterado, también reduce las posibilidades de concretar en la realidad las prestaciones sociales que sin cesar se prometen y agitan aquellas ilusiones.

Cada punto de crecimiento del PIB genera mayores ingresos fiscales –dinero con que se financian las promesas– por US$ 600 millones. Sin embargo, mientras que en 2011 crecíamos al ritmo de un 6,1%, el último año solo lo hicimos a un 1,1. Solo el ajuste de proyecciones sufrido desde octubre del año pasado en adelante –se esperaba que Chile en 2020 creciera 3,1%, hoy se pronostica una caída entorno a 5%– significa menores ingresos fiscales acumulados del orden de US$ 6.600 millones. Por otro lado, el gasto para este año se estima en 28% del PIB, el mayor registrado en los últimos 30 años, sumado a un déficit efectivo de 8,2% del PIB y una deuda bruta del gobierno central que se espera llegue a 33,7% del PIB a fines de 2020, 8 puntos más que la deuda registrada en marzo 2019. Cada punto adicional de deuda como porcentaje del PIB implica entre US$ 100 y US$ 120 millones menos de recursos disponibles para financiar programas sociales por mayor pago de intereses. En el corto plazo, la deuda crecerá sostenidamente por lo menos hasta 2024, en donde, en el mejor de los casos, confiando en que llegue al poder un gobierno dispuesto a perder su capital político por salvar la responsabilidad fiscal, se produzca un punto de quiebre y se estabilice en torno al 45% al año 2030. En el peor de los casos la deuda continuará asfixiando la salud fiscal y las posibilidades de salir adelante llegando a un 70% del PIB. Desde luego el mejor de los casos no siempre coincide con el más probable.

Así, no resulta plausible concebir escribir una nueva Constitución y depositar nuestras ilusiones y deseos al margen de las limitaciones que hoy enfrentamos. Y es que como bien advierte Roger Scruton, brillante filósofo británico, en su libro traducido al español como Las bondades del pesimismo, el optimismo perverso también contendría dentro de sí sus peligros propios peligros: “Hay un tipo de adicción a lo irreal que alimenta a las formas más destructivas del optimismo: un deseo de suprimir la realidad como premisa desde la cual debe partir la racionalidad práctica, para ser reemplazada por un sistema de ilusiones serviciales”.

De esta forma, el mejor antídoto contra las bombas que estallarán producto de las ilusiones infundadas es sin duda una gran cuota de realismo y escepticismo. Esperar nada más que lo posible y no eludir pensar en lo peor. De lo contrario, las expectativas y las ilusiones que los prometedores de siempre se han encargado de esparcir, así como un payaso ingenuo que infla globos esperando que no exploten, terminarán por estallar ante la cruda y siempre porfiada realidad. En efecto, podremos evadir la realidad, pero no podremos eludir las consecuencias de evadir la realidad.


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN

Por Patricio Órdenes – Pasante Investigación Fundación Para el Progreso.

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