• julio 28, 2020
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Por Hugo Catalán Flores | El bosque por el que estamos caminando: La movilización popular como impulsor de los cambios en Chile

“Los árboles no dejan ver el bosque” es un aforismo válido para señalar aspectos del ciclo político que estamos viviendo:…

 Por Hugo Catalán Flores | El bosque por el que estamos caminando: La movilización popular como impulsor de los cambios en Chile

“Los árboles no dejan ver el bosque” es un aforismo válido para señalar aspectos del ciclo político que estamos viviendo: dinámico y vertiginoso, a veces confuso, con actores políticos que entran y salen del escenario. Definitivamente, falta mirar los árboles con mayor distancia para entender el bosque por el que estamos caminando.

Por ejemplo, lo ocurrido la semana pasada con la reforma que permite el retiro del 10% de ahorro de los fondos de pensiones (sistema de AFP), no se puede explicar si no es desde la perspectiva de las movilizaciones iniciadas en octubre de 2019, ni tampoco sin mencionar como antecedente de más largo aliento, las movilizaciones populares que irrumpen en 2011 como una muestra del hastío a la normalidad transicional.

Una élite empoderada y con ínfulas de exitosa, controlando los detalles del modelo, imponía la protección de los pilares del “progreso” neoliberal, a saber: el sistema de representaciones binominal; autonomía de las FFAA; pacto de silencio de los violadores de los DDHH; el sagrado derecho a la propiedad privada; sistema de ahorro previsional obligatorio que sirve para flujo de capital a la industria financiera, y de cualquier modo todo se podría sintetizar en el dogma de “más mercado regulando las necesidades humanas, menos estado distorsionando el libre emprendimiento”.

Desde este punto, los reclamos por reformas para lograr mayor acceso a derechos económicos, sociales y culturales se daban a la velocidad que dictaban los mecanismos legislativos (con un congreso coaptado y limitado por el poder corruptor de  lobistas representantes de los grupos económicos) y administrativos (Estado con espacios aunque no muy extendidos, pero significativos de corrupción y clientelismo), ritmos de cambios que se maceraban en la ”cocina” del poder, lejos del pueblo, o como algún comentarista llegó a admitir “de la gente que no entienden ni de la técnica ni de la política”.

De no haber existido un “octubre de 2019”, ése hubiera sido el escenario en una crisis sanitaria con las dramáticas consecuencias que trae, alentando una improbable idea de reforma de emergencia de las AFP. En cambio, se logró una ley con más de 2/3 de votos en ambas cámaras, sobrepasando con creces el súper quórum que representaba el cerrojo dorado del orden institucional, un muro infranqueable que por décadas fue la explicación, y excusa para justificar la era de los acuerdos y la realpolitik. Pues apostaban, si los defensores del modelo quedaran reducidos a un tercio –ni con la reforma del sistema electoral binominal de 2015 se podría esperar aquello-, ese porcentaje era la base de defensa de los dogmas sagrados. Pero algo cambió en esta etapa política que hizo posible lo imposible (según la voz de algunos dirigentes políticos).

Sin embargo hay algo que incomoda a algunos miembros de la clase política, y es reconocer y valorar el papel que jugó la movilización popular como figura estelar en la historia de este hito.

Un ejemplo de aquel impulso por construir una narrativa de la exclusión es la historia sobre el proceso que permitió avanzar a la transición pactada, etapa que tiene como momento culmine el plebiscito de 1988. Ese ciclo, según la versión oficial fue posible por tres elementos: capacidad negociadora de la oposición de centro y un sector liberal de la derecha gobernante; presión internacional en un mundo que salía de la guerra fría; y el desgaste interno de la dictadura, con resultado económicos dispares que le hacían difícil cumplir proyecciones de crecimiento. Pero había un componente que para muchos parece tanto o más relevante que los enunciados, las protestas sociales masivas que parten en 1983, que fueron ascendiendo en intensidad y fuerza en contra del régimen, encabezadas por un arco de representaciones sociales y políticas, conglomerado (MDP) que para algunos dirigentes en aquel momento, de la socialdemocracia y el centro político, colocaban en riesgo una posible salida pactada con la reglas del sistema.

Del mismo modo ahora, la negación del papel central de la movilización popular ha calado entre destacados políticos de la élite, por sí solos comenzaron a experimentar una novedosa capacidad de “comprensión y empatía” con el dolor las millones de familias que apenas cuentas con recursos para alimentos o insumos básicos -una encuesta en la semana señala que el 60% de quienes accedan a los fondos de ahorro previsional será para cubrir esos requerimientos. La voz del pueblo se hizo escuchar en los salones del poder, y en contra de sus creencias más arraigadas las élites han permitido acceder a las personas a sus ahorros previsionales.

De esta experiencia histórica se deberá decir con justicia y claridad  que está directamente determinada por los millones de chilenos que se han movilizado, desde el caceroleo, velatón, consigna vociferada, sitting, evasión, marcha o barricada, todos actos de desobediencia y disidencia que presionaron a las élites, en este caso, con la advertencia #EstallidoSocial2 como un horizonte que esos grupos de poder no quisieron enfrentar.


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN

Por Hugo Catalán Flores – Editor Revista Maestra Vida / Director Observatorio del Derecho a la Comunicación

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