• julio 25, 2020
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Por Camila Marcó del Pont y Magdalena Gurini | “Entre binarismos y reduccionismos: la crisis como apertura”

Contra todo pronóstico y como si el contexto no tuviera cosas más importantes para abordar, en plena cuarentena los binarismos…

 Por Camila Marcó del Pont y  Magdalena Gurini | “Entre binarismos y reduccionismos: la crisis como apertura”

Contra todo pronóstico y como si el contexto no tuviera cosas más importantes para abordar, en plena cuarentena los binarismos siguen de moda. Es clara la tensión que se genera entre pandemia y  cuarentena; entre psicología y psicoanálisis; entre salud física y  salud mental.

Frente a esta tensión y nueva “normalidad”, ¿Que tiene para decir la psicología? ;¿Qué lugar ocupa la salud mental en este contexto?  Hoy en día, todo lo trabajado es sobre la marcha, con efectos a posteriori y sin garantías. En un escenario versátil, donde resistir en la afectividad es urgente, planificar, diseñar e implementar medidas que apunten a determinadxs sujetxs es efectivamente una decisión política.

Muchxs de lxs profesionales de la salud se pasean por los medios y redes hablando de los síntomas que genera esta pandemia. ¿Podemos, ya mismo, hablar de síntomas? En el afán de etiquetar todo lo que nos rodea, no podían escaparse los padecimientos psíquicos.

En general la pandemia, y en particular la cuarentena, hizo que tuviéramos que enfrentarnos a un orden social nuevo, que instaura al Otrx como únicx parámetro. Este nuevo orden acarrea consigo una serie de padecimientos o sufrimientos, que no necesariamente implican la instauración de un síntoma de pleno derecho, sino malestares propios del contexto que nos toca atravesar.

Al comienzo del aislamiento, nos rodearon de “consejos”, “tips”, “recomendaciones” para no dejar de lado nuestra rutina, seguir como si nada sucediera, como si una pandemia no estuviera ocurriendo afuera. El “tiempo de comprender” no es tenido en cuenta, la angustia se tapona, apelando a una respuesta inmediata de un sujetx productivx que no deje de ser funcional al sistema.

Durante estos meses, la situación mundial y nacional llevaron a la clínica a posicionarse desde otro lugar, teniendo que maniobrar sobre la marcha con cada persona que consulta y en cada ocasión, sin tener garantías de cómo esto puede salir. Lxs profesionales de la salud nos vemos obligadxs a (re) pensar el dispositivo, abriendo/ampliando nuestra caja de herramientas, dando lugar a nuevas teorías y saberes.

Este nuevo hecho social e histórico nos invita a delinear un abordaje de cuidado colectivo, que traspasa los marcos institucionales y simboliza un paradigma en otros ámbitos de convivencia. Delinear estrategias que invitan a pensar la problemática sanitaria actual en la que estamos inmersxs con otra perspectiva, que habilita nuevas experiencias y salidas posibles.

Se trata de repensar los dispositivos tradicionales, generando nuevas oportunidades de intervención y práctica, intentando de manera paralela no quedar paralizadxs por la crisis.

Resulta indispensable para la salud integral sostener lo colectivo, materializando redes de apoyo y contención. Que la crisis sea una oportunidad para crear intervenciones que apunten a la  co-construcción en conjunto, teniendo como eje transversal la interdisciplina.

Recordar que el equipo de salud es uno de los sectores vulnerables y  es por ello que requieren de sus espacios propios de contención, para hablar de temores, expresar afectos, y sentirse alojadxs en medio de tanta incertidumbre.  Dicha vulnerabilidad no solo es por la exposición al virus, sino por la sobrecarga de trabajo que este contexto implica, en relación a la actualización permanente de protocolos, medidas e intervenciones marcadas por la urgencia, así como la innovación que conlleva el dispositivo virtual.

El encuentro, ahora categorizado como una amenaza, al igual que el abrazo, el saludo o el mate, refuerza el individualismo. Nos encontramos frente a un peligro invisible, que no es identificable por la percepción humana e incita a percibir al otrx como “peligrosx”. Frente a esto, nos vemos en la necesidad de entender a nuestrx cuerpx como una frontera, demarcando los límites, localizando el riesgo en un “chivx expiatorix”: que somos todxs y ningunx a la vez.

Judith Butler habla de aquellas corporalidades que materializan la norma como “cuerpxs que importan” ¿Que importan a quiénes? ¿Qué corporalidades encarnan la norma? ¿En qué cuerpxs la norma es materializada? Aquí cobra relevancia el rol de las decisiones políticas gubernamentales, ¿Quiénes serán lxs destinatarixs de tales decisiones y políticas implementadas en este contexto? 

La cuarentena visibilizó desigualdades y problemáticas que eran estructurales, pero que estaban ocultas por el mismo sistema que de manera continua violenta, oprime y calla lxs cuerpxs que no importan. Busca de manera incansable un sujetx cuantificable y estandarizado.

Es inevitablemente violento, desde nuestra posición privilegiada y encarnando “cuerpxs que importan” hablar por determinados grupos o colectivos, ya que no vamos a tener las mismas visiones, perspectivas, necesidades, que una persona que encarna una corporalidad disidente/desobediente que no corresponde a lo instituido por el cis-hetero-patriarcado, una identidad históricamente oprimida.

Es central la participación de lxs sujetxs mismxs en la ideación y toma de decisiones. Diseñar políticas en nombre de determinadas colectividades, muchas veces mal llamadas “minorías”, no es ético como profesionales de la salud, ya que implica invisibilizar sus voces, sesgar la escucha, dejar de lado el valor de sus palabras y existencias. Es pertinente preguntarse por la participación de lxs mismxs en la toma de decisiones políticas para que no se sigan perpetrando violencias, incluso con buenas intenciones.

Es hora de dejar de lado, la tensión entre lo individual y lo colectivo, tensión que se vio intensificada por la situación actual… Una vez más los binarismos nos rodean, ¿es “quedarse en casa” una forma de cuidado o de olvido? 

No hay dudas de que el lugar para comenzar este proceso dialéctico entre las lógicas colectivas e individuales, es la escuela. Esta es nuestro bastión para hacer historia, (re)construir nuevas significaciones, habitar nuevas identidades y dialogar con las contradicciones. La escuela genera y acompaña procesos psicológicos que muchas de las veces se confunden con el desarrollo espontáneo. La educación es efectivamente política. Entendiendo a la política como el conjunto de relaciones y compromisos estructurados en torno al poder, un poder interseccional, ya que esa opresión es ejercida desde múltiples sistemas: patriarcado, capitalismo, colonialismo, racismo, y la lista sigue.

Resulta interesante en este punto hablar de “pedagogías de la emancipación”, término propuesto por Alba Rueda, en relación a la Educación Sexual Integral (ESI). Es fundamental la transversalidad de la ESI en la educación, no sólo en relación a lo sexual per se, sino porque nos permite pensarnos a nosotrxs mismxs y a lxs que nos rodean desde una lógica del semejante. Todxs debemos tener derechos que nos amparen y nos permitan vivir, desarrollarnos y relacionarnos en sociedades libres de violencias.

Se le asigna a la escuela un papel clave para la formación de ciudadanxs responsables, que puedan tomar decisiones libres conociendo sus derechos y obligaciones. Es necesario entender que los derechos no son algo naturalmente dado sino que surgen producto de necesidades, conflictos y tensiones entre sujetxs, sectores y grupos sociales, con el fin de que esas necesidades sean reconocidas.

El sujeto se va desarrollando y a la vez va incorporando un conjunto de normas y valores. La sexualidad está incluida en el campo de la ética, ya que está regulada por valores que se traducen en campos normativos.

Se hace necesario sostener un bien común desde lo colectivo, donde las desigualdades y las diferencias sexo-genéricas, de clase, de etnia, se ven intensificadas por el contexto. Es imprescindible en esta “nueva normalidad” apelar a la creatividad, desde una perspectiva de derechos humanos y transfeminista, que apunte al trato digno, al alojamiento subjetivo, reforzando y ayudando las acciones positivas que las personas hacen en sus contextos habituales.


LA OPINIÓN DE LAS AUTORAS NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN

Por Camila Marcó del Pont y Magdalena Gurini – Licenciadas en Psicología.  

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