• julio 8, 2020
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Por Marcela Peña y Claudio Montoya | Liderazgo y desarrollo profesional para la escuela del presente

El complejo escenario mundial en el que nos encontramos ha tenido consecuencias inusitadas en múltiples aspectos de nuestra sociedad. Sin…

 Por Marcela Peña y Claudio Montoya | Liderazgo y desarrollo profesional para la escuela del presente

El complejo escenario mundial en el que nos encontramos ha tenido consecuencias inusitadas en múltiples aspectos de nuestra sociedad. Sin duda, la educación ha sido uno de esos aspectos, y de qué forma.

En las últimas décadas, ha existido un profundo debate sobre la necesidad de adaptar la escuela a las necesidades que imponen los tiempos actuales, en una sociedad que lentamente ha avanzado en la aceptación de lo distinto, en la búsqueda de asumir el desafío de incluir a todos y todas, al mismo tiempo que la tecnología y las nuevas formas de comunicación han avanzado velozmente.

El actual contexto ha instalado precipitadamente la necesidad de actuar sobre este desafío. Pese a algunas reformas, la escuela aún tiene profundamente arraigada una cultura jerárquica y vertical que muchas veces amputa la creatividad, atomizando la práctica educativa. Una lógica conservadora que no ha permitido que la escuela se adecue al uso de nuevas tecnologías y/o metodologías.

Más que preguntarnos qué ha fallado, lo que debemos preguntarnos es qué podemos hacer para avanzar. Evidentemente, el uso de tecnologías y/o metodologías que propicien aprendizajes con sentido son un desafío que se vuelve cada vez más difícil de eludir. Ciertamente es algo que solo podrá ser resuelto en el mediano plazo, con una inversión pública suficiente, posibilitando la existencia de infraestructura apropiada para las escuelas y las comunidades.

No obstante, donde también hemos podido observar fisuras, que no responden exclusivamente a cuestiones materiales, es en la conformación de equipos de trabajo y la construcción de trabajo colaborativo en las escuelas. No es sorpresa encontrarse con docentes que están trabajando en completa soledad, bajo su propia creatividad, y solo, ocasionalmente, compartiendo sus experiencias con otros/as docentes, ya que en forma “regular” las instituciones educativas no han asegurado un espacio sistemático de aprendizaje profesional, que sin duda, en este momento sería de gran aporte en la búsqueda de soluciones a las problemáticas pedagógicas que hoy se visualizan.

La ley 20903 que crea el Sistema de Desarrollo Profesional Docente emplaza a equipos de liderazgo a asegurar espacios de aprendizaje profesional continuo a partir de la colaboración y reflexión sobre su propia práctica, pero en este contexto surgen preguntas cómo ¿Qué prioridad han tenido estas acciones para líderes escolares?; ¿Cómo se han abordado en tiempos de crisis? Diversas investigaciones sugieren que los y las líderes escolares cumplen un papel fundamental para lograr cambios positivos en sus comunidades. En primer lugar, entonces, urge la promoción de un liderazgo escolar comprometido que cree una cultura escolar caracterizada por el respeto, la atención, la confianza, las relaciones edificantes, un sentido de pertenencia, reconocimiento y colaboración. Al crear una cultura escolar colaborativa, el liderazgo de la escuela no se encuentra solo en el director/a sino en una «red de relaciones». Tanto para docentes como para estudiantes, estas características del liderazgo y la cultura de la escuela son en gran parte responsables de los procesos positivos y con efectos reales en su comunidad. Por consiguiente, es menester plantear a los líderes menos la necesidad de resultados y mucho más la instalación de procesos que conduzcan a una transformación de sus prácticas, más allá de cuanto se muevan los indicadores del Simce de un año para el otro.

Posibilitado este escenario existen una serie de prácticas en países en vías al desarrollo y con precariedades similares al nuestro que han sido recogidas como positivas, algunos ejemplos de estas son: fomentar aún más el aprendizaje orgánico, dónde se vincula a profesores/as novatos/as y experimentados/as de una escuela. No en la lógica del experto, sino más bien de que puedan compartir sus conocimientos, ya sea a partir de la innovación o de la experiencia. Pues debemos entender que el conocimiento y la experiencia de profesores/as experimentados/as son activos. Y la energía y la diligencia por aprender por parte del profesor/a nuevo/a también lo son. Es probable que la interconexión de dichos activos en un entorno no amenazante, natural y bien enfocado dé frutos valiosos para el desarrollo profesional entre pares.

También es posible identificar positivamente la inducción y el desarrollo continuo de los integrantes de la escuela, siendo importante inducir a los nuevos/as miembros. Por ejemplo, incorporando dinámicas y espacios específicos al inicio o durante el año escolar, con el fin de compartir reflexiones respecto de la cultura de la escuela y de asegurar la integración de los nuevos miembros a equipos de trabajo ya conformados.

Ambas estrategias señaladas, no se pueden dejar en segundo o último plano en las prioridades, ya que es posible que una gran cantidad de docentes hoy en ejercicio están en su primer o segundo año de docencia, experiencia que puede ser decisiva para la trayectoria profesional. Ahora más que nunca el sentido de colaboración y aprendizaje entre pares es tarea prioritaria para líderes escolares, ya que los saberes desplegados de los propios cuerpos docentes orientarán el camino a seguir.

En esta línea, potenciar (desde la modalidad sincrónica) el diálogo pedagógico a partir de la reflexión profesional en forma permanente, sistematizada y contextualizada es la base para potenciar los aprendizajes tanto de docentes como de estudiantes en contextos de incertidumbre, para en conjunto levantar aprendizajes profesionales e institucionales.

Como vemos, pese al crítico escenario que estamos viviendo, un poco a tropezones, esta situación nos ha develado distintas precariedades de la institucionalidad educativa y el desarrollo de la profesión docente, pero también todas las oportunidades que hay. El desafío para los y las líderes junto con sus comunidades no es sólo salir del paso en el día a día, sino proyectar ¿Cómo visualizamos la escuela en el retorno?; ¿Qué aprendizajes levantamos de este escenario?;¿Qué cambio de prácticas debemos priorizar en el escenario presente y futuro mirando el desarrollo profesional del cuerpo docente?.


LA OPINIÓN DE LOS AUTORES NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN

Por Marcela Peña y Claudio Montoya – Núcleo de Liderazgo y Gestión Educativa; Centro de Estudios Saberes Docentes / U. de Chile.

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