Por Patricia Lee Wynne | Remember Vietnam: las Fuerzas Armadas de EEUU no pueden contra su propio pueblo

En EEUU se concentran dos hechos de importancia mundial: la revuelta racial por la muerte de G. Floyd, comparable con la gran movilización que eliminó las leyes segregacionistas en los años 60, y un movimiento democrático que abarca a toda raza por igual contra el uso de la fuerza por parte de las fuerzas de seguridad contra la población.

La contradicción sobre la que descansa EEUU es que sus Fuerzas Armadas pueden andar por todo el mundo invadiendo y promoviendo golpes de Estado pero no pueden contra su propio pueblo. Distintos gobiernos a lo largo de la historia han intentado medidas de mayor control o represión contra su población, pero han fracasado, porque lo que les es dado a las FFAA más poderosas del mundo hacer en el resto de la Tierra, no lo pueden repetir en su propio país.

La lista es larga:

Pero esta libertad de acción de la que gozan en el mundo, las Fuerzas Armadas más poderosas de la tierra no la pueden ejercer en su propio país. Las movilizaciones del último mes han dejado esto muy claro y han provocado una crisis abierta entre el presidente Donald Trump y las Fuerzas Armadas.

En un hecho sin precedentes, los más altos oficiales del país se negaron a utilizar sus hombres contra la población y criticaron abiertamente al presidente, quien amenazó con invocar el Acta de Insurrección de 1807 para  reprimir las protestas.

Un día después de que Trump se mostrara en Washington con el secretario de Defensa, Mark Esper, y el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor conjunto, caminando hasta una iglesia habiendo ordenado tirar gases lacrimógenos a la multitud el 1 de junio, Esper dijo que no apoyaba el uso de la Ley de Insurrección y Miley escribió una carta a los oficiales prometiendo que las FFAA «operarán bajo las leyes», implicando que no aceptarían órdenes ilegales.

El exgeneral James Mattis, exsecretario de Defensa, quien renunció en diciembre de 2018, escribió en contra de la intención de Donald Trump de usar las FFAA: «Jamás soñé que las tropas que juraron defender la Constitución podrían recibir la orden, bajo ninguna circunstancia, de violar los derechos constitucionales de sus conciudadanos».

«Es un punto de inflexión y los eventos de las últimas semanas nos impiden mantenemos en silencio», dijo el almirante Mike Mullen, uno de los predecesores de Miley en la jefatura del Estado Mayor conjunto. «Muchas políticas exteriores y domésticas se han militarizado y muchas misiones militares de han politizado», agregó.

En una carta publicada por el diario Washington Post, firmada por cuatro exsecretarios de defensa y 89 altos militares o ex funcionarios de defensa, como el republicano Chuck Hagel, criticaron a Esper y a Miley por su paseo con Trump en Washington.

«Como exdirigentes del Departamento de Defensa, civiles y militares, republicanos, demócratas e independientes, juramos al asumir ‘apoyar y defender la Constitución de los EEUU[…] Estamos alarmados por la forma en que el presidente está traicionando este juramento al amenazar a otros miembros del Ejército a violar los derechos de sus conciudadanos», escriben.

Cartas similares escribieron el jefe de la Guardia Nacional, el jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, el secretario del Ejército y el comandante de los Marines.

El general Martin Dempsey, exjefe del Estado Mayor Conjunto, escribió en Twitter que EEUU «no es un campo de batalla. Nuestros ciudadanos no son nuestros enemigos».

El sargento primero Kaleh Wright, el más veterano de la Fuerza Aérea, dijo que su gran temor era «despertarme con el informe de que uno de nuestros hombres negros fue asesinado por un policía blanco».

El descontento también afectó a la Guardia Nacional, que tuvo en Washington el papel de reprimir y tirar gases para que Trump pudiera dar su paseo triunfal. 60% de los miembros de la Guardia Nacional de Washington son afroamericanos. En este cuerpo, que usualmente ayuda cuando hay catástrofes como huracanes o inundaciones, se «sienten desmoralizados», según un informe de The New York Times.

«En general, somos vistos como héroes, pero no esta vez», comentó un soldado citado por el diario. «Es muy duro cuando un soldado me dice, ‘señor, mi primo estaba ahí gritándome, mi vecino, mi mejor amigo del colegio'», destacó un oficial afroamericano. 

«Es la primera vez que recuerde en la que tantos oficiales de alto rango hayan hecho una afirmación tan clara contra el uso de los militares internamente», opinó en The Economist Lindsay Cohn del Colegio de Guerra Naval, no solo por el temor de violar la Primera Enmienda de la Constitución que consagra los derechos individuales y la libertad de expresión, sino por el prestigio de las FFAA entre la población.

«EEUU está en la peor crisis cívica militar en una generación, que amenaza hacer daño a largo plazo a las normas democráticas y a la cohesión de sus FFAA», concluyó la revista inglesa.

Remember Vietnam

Los militares del Pentágono tienen muy fresco el recuerdo de Vietnam, donde en 1975 tuvieron que retirarse derrotados de Saigón, no solo por la paliza que recibieron de una guerrilla en el lejano sudeste asiático, sino por la rebelión juvenil y social en su propio país y la desintegración de sus propias Fuerzas Armadas, desgarradas por la resistencia y la desobediencia. En ese movimiento los afroamericanos fueron la vanguardia, en paralelo con el poderoso movimiento antirracista de los años sesenta. Este fue el factor decisivo para la mayor derrota militar de la historia de EEUU.

En 1971, los negros eran 12,1% de los hombres en uniforme pero 16,3% de los que estaban en posiciones de combate y sólo 2,8% de los oficiales, al tiempo que eran los más castigados y con mayores sanciones.

Según estudios del propio Ejército citados por David Cortwright, veterano de Vietnam, escritor y pacifista, la mitad de los soldados participaron en actividades contra la guerra, y dentro de ellos, los negros fueron los más activos.

«Hacia 1969 el Ejército había dejado de funcionar como una fuerza efectiva de combate y se estaba desintegrando rápidamente. Las FFAA tuvieron que ser retiradas de Indochina por su propia sobrevivencia», el Ejército «fue desgarrado por la rebelión racial», afirma el autor.

Los afroamericanos se preguntaban por qué deberían arriesgar su vida en Vietnam cuando les eran negados los derechos más básicos en su país, por qué deberían estar combatiendo en Asia cuando su lugar era la lucha contra el racismo en su país. Un documental de la época se llamaba, sugestivamente, En Vietnam no me llaman negro.

Los grandes líderes de las protestas que conquistaron la eliminación de las leyes segregacionistas en los años sesenta, como Martin Luther King y Malcolm X, o figuras reconocidas como Cassius Clay, fueron al mismo tiempo destacados luchadores contra la guerra.

Que las guerras del Pentágono no lleguen al suelo de EEUU

Con esta memoria traumatizante tan fresca, los militares no quieren despertar a los fantasmas del pasado y se niegan a intervenir en la represión a las manifestaciones por el temor de que suceda lo mismo que en Vietnam: que la insurrección racial en curso se cuele en las Fuerzas Armadas, donde 43% de los 1,3 millones de hombres y mujeres en servicio activo son afroamericanos, pero donde el racismo sigue rampante: solo hay dos entre los 41 comandantes más altos.

¿Por qué una Policía fuertemente militarizada, vestida a lo Rambo, que se moviliza en Humvees, utiliza drones y actúa como una fuerza de combate, mata cerca de 1000 personas por año? ¿Por qué los afroamericanos, a pesar de ser el 13% de la población, son asesinados en una tasa más del doble de la de los blancos? ¿Por qué ir a Irak o a Afganistán a combatir por los valores de la democracia que Washington dice defender cada vez que emprende una aventura bélica, cuando esos mismos valores son pisoteados en su país?

Por eso, el poderoso movimiento antirracista que hoy atraviesa a las FFAA de arriba a abajo, hace resurgir la peor pesadilla del Ejército más poderoso del mundo, que 35 años atrás perdió su integridad y fue derrotado, en gran medida, por la disidencia interna y de sus afroamericanos. En el Pentágono cruzan los dedos para que la experiencia no se repita.


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN

Por Patricia Lee Wynne  – Jefa de redacción Sputnik