Por Alejandro Marcó del Pont | La mano invisible está esposada

Esta será la primera crisis de cadena de suministros de la historia de la economía. En un mundo paralizado y roto las estadísticas tienen una duración efímera. Anticiparse al formato que tendrá la recuperación de la primera crisis global sería de un éxito comparable al hallazgo de la vacuna contra COVID-19.

Mientras se avanza hacia una apertura del aislamiento imaginando formas creativas para comenzar a poner en funcionamiento la producción. Los economistas rentados tratan de hacer valer su salario, sobre todo afianzando los dichos comunes que, de tan trillados, se vuelven un evangelio económico: “la emisión genera inflación”, ejemplo que inhabilita su discusión cuando el negocio de subvencionar al Estado está en manos del sistema financiero o impulsando su controversia ante cualquier nueva modalidad que anule sus negocios.

Al parecer cuando se tiene que proporcionar liquidez al sistema financiero para preservar el valor de sus activos (como durante la crisis año 2008) no hay límites para la expansión monetaria. Según el artículo ¿La emisión genera siempre inflación?, Estados Unidos en los últimos 12 años emitió 6 billones de dólares, lo que generó el ciclo alcista de precio de las acciones más grande de su historia. Los países de altos ingresos, tanto Estados Unidos, Japón, la UE, e incluso China, aumentaron su emisión monetaria en 370% y en ninguna de estas economías hubo presión inflacionaria; de hecho, la lucha fue contra la deflación.

Con el coronavirus emergieron los programas de protección al ingreso de los trabajadores y de las empresas en el mundo, y su principal obstáculo fue el sistema financiero. Los impulsos crediticios de los Estados han logrado que los bancos recauden dinero para sí mismos o para ayudar a sus clientes favoritos. En EE. UU., de los 350.000 millones destinados a las Pymes, 243.400 millones fueron a grandes empresas; en Argentina solo el 30% de la Pymes recibió los préstamos del gobierno a tasas bajas, la otra parte de los fondos la utilizó el sistema financiero para dirigirlo al mercado cambiario. Y la revisión se pone peor si lo que se cubre son los sueldos, donde las grandes empresas recibieron subsidios para pagarle el salario de sus presidentes ejecutivos (CEO).

Como el mundo está involucrado, existe una impaciencia por tratar de revivir y mantener las ganancias económicas en una crisis esperada dentro de la hoja de ruta, pero no con estas dimensiones. Ubicar una salida fuera del mapa y sin GPS invita a la imaginación   de nuevas políticas económicas que descarten los preceptos establecidos que nos llevaron al abismo.

La nueva Teoría Monetaria Moderna (TMM) es uno de los mecanismos que salieron a la luz en esta coyuntura. Sus defensores consideran que las economías deberían gestionarse con política fiscal, gasto estatal e impuestos. Quieren que sea el Banco Central de cada país el que haga el trabajo. Así, cuando la economía necesite dinero, el Banco Central pondrá los recursos a su disposición financiando el déficit y endeudando al Estado sin pasar por el sistema financiero.

La idea convencional es que ante el aumento del déficit, el sistema financiero financia al Estado con atractivas tasas de interés (negocio bancario) y, según la misma teoría, se inhibe la inversión privada porque la tasa de interés es más alta cuando se compite por el crédito con el deficitario y descontrolado gasto Estatal, que absorbe todos los fondos. No se piensa que las empresas toman decisiones de inversión basándose en las perspectivas de crecimiento y beneficios futuros y no en el coste del dinero. Y que el sistema financiero le presta al Estado porque es sumamente lucrativo.

La TMM afirma que, al contrario de lo que pudiera parecer, los bancos no hacen préstamos por la cantidad de depósitos. Más bien, hacen préstamos basados en la demanda de préstamos. Cualquier persona a la que extienden un cheque, simplemente hace un depósito en otro banco. La conclusión es que los préstamos crean depósitos en lugar de que los depósitos creen préstamos.

Es decir, si la lógica fuera al revés, si el Estado se financiara con emisión monetaria sin pedirle al sistema financiero, se evitarían varias cosas. En principio, el costo del interés, por otro lado, se concentraría el impulso hacia el sector que se quiere alentar sin que el sistema financiero entorpezca el estímulo con sus negocios. Pero, a su vez, si el Estado genera dinero, que en el caso de los EE. UU., se pone en el bolsillo de cada persona, se lograría impulsar el gasto, lo que aumentaría la generación de créditos y la recaudación tributaria, sin ampliación del interés y en sentido contrario de la lógica del sistema financiero actual. Sin dejar de pensar que la mayor recaudación tributaria es por impulsar la demanda, no por aumentar impuestos. Y resulta necesario imaginar una mayor tasa de gravamen a las grandes fortunas, empresas o los ganadores de ciclos anteriores para iniciar la nueva fase.

La imagen acuñada por Keynes durante la Gran Depresión, conocida como la “paradoja del ahorro”, nos embarcaba en la idea que un hogar cualquiera puede salir de un bache recortando gastos cuando sus ingresos disminuyen, pero la economía en su conjunto no puede hacerlo. Los gastos de un hogar son los ingresos de otro, así que si todos recortan, no se le paga a nadie. Lo que se consigue entonces es una depresión, una situación que sólo puede arreglar el gobierno porque, a diferencia del sector privado, puede permitirse gastar libremente, metiendo dinero en el bolsillo de la gente y, de este modo, volviendo a encarrilar a la economía.

La ilusión de la novedad es una de las cosas más arriesgadas en economía o, como dice el historiador francés Pierre Vilar, la ilusión de la novedad no es otra cosa que ignorancia de la historia. La TMM tiene su base en las ideas de lo que se conoce como cartalismo.  George Knapp, un economista alemán, acuñó el término cartalismo en su teoría estatal del dinero, que fue publicada por primera vez en alemán en 1905. Esta idea de subsidiar el empleo ante una crisis, fue tratada por innumerables economistas, bajo diferentes formas de Ingreso Básico Universal, de tantas y tan diferentes versiones como mecanismos para adoptarlo. Y, a pesar de las variadas formas existentes de ingreso básico, el establishment se ha opuesto, en algunos casos, como veremos, con una lógica que lo justifica.

A continuación, daremos una rápida mirada a las teorías del ingreso para completar la siguiente idea: es posible financiar el déficit de manera alternativa y tratar los desafíos de un Ingreso Básico Universal, financiado per el método de TMM. Y podemos mostrar que su financiación no es un problema económico, sino político, como lo expuso Michał Kalecki en su clásico ensayo de años 1943 “Aspectos políticos del pleno empleo.

Según el artículo “Luces y sombras del ingreso básico universal, existen diferentes versiones de este ingreso básico. Algunas funcionan como una especie de obligación moral, es decir, como una dádiva concedida a los desdichados. Otra aspira a lograr un universalismo igualitario y cuestiona la legitimidad de la riqueza acumulada de forma privada. Hay otra versión que ve el ingreso básico universal como la chispa para una generación de emprendedores, y una última, producida por el poder derivado de la potestad de despedir. No debe dejarse fuera de la ecuación la idea de evitar una revuelta de las masas precarizadas.

Como se ve, la idea es políticamente ambigua y al ser transversalmente atractiva, la vuelve defectuosa porque puede ser el caballo de Troya de la izquierda o la derecha: “los sectores críticos de la izquierda temen que sirva como un vehículo para disolver los restos del Estado de Bienestar, mientras que sus impulsores lo anuncian como la «vía capitalista hacia el comunismo». En nuestro caso, lo consideramos una defensa del Estado ante la posibilidad de una emergencia laboral.

Una de las ideas de brindar un ingreso básico es estabilizar y garantizar los trabajos por encargo o gig economy, la nueva forma de contratación eventual, ejemplificada con los programadores de Google y los choferes de Uber, o cualquier trabajos que sea inseguro y mal remunerado. Por lo general, imaginados como tareas que en un futuro llevarían a cabo robots, el Estado les garantizaría a estos empleados precarizados un sueldo que se vería adicionado con trabajo y volvería al nivel de ingreso básico cuando perdiera su trabajo eventual. Así, el Estado mantendría el ejército de reserva de estos trabajos, porque no compite con el sector privado. Y el sindicalismo quedaría relegado a un sindicalismo boutique, solo para arreglos específicos.

En la década de los años sesenta, con la automatización en expansión, se daba por sentado que tendríamos más tiempo de ocio. En su lugar, la mayor productividad se dirigió a incrementar el beneficio de los dueños del capital, como siempre sucede. Brindar un ingreso para que las personas se relajen y disfruten de la vida sería una opción para trabajar menos, disminuir el estrés, ayudar a controlar el cambio climático, el desempleo, la desigualdad en la distribución de la riqueza. Pero esta idea no está en el menú del coronavirus.

Quizás, la más interesante de las ideas de ingreso básico para esta época de expulsiones laborales sin sentido sea la planteada por Michał Kalecki sobre el poder derivado de la potestad de despedir. Al menos en los últimos 40 años, y aunque suene ridículo, hemos usado el miedo a no poder comer como mecanismo para motivar a la gente a trabajar. La relación trabajo–comida-desempleo-hambre brinda un poder desmedido a quienes pueden expulsar de su trabajo a las personas, porque no les niegan realizar una actividad, les vedan el alimento.

Un ingreso básico torcería el dominio sobre el hambre que tienen los generadores de trabajo. Obviamente, esta idea modificaría la ascendencia de los sindicatos sobre la defensa de los salarios o transformaría su formato. El Estado, por su parte, con su mecanismo de financiamiento a través de la emisión, generaría un reaseguro alimentario, en principio dependiendo del monto otorgado. Y quedara más restringido el poder para despedir, suspender y cobrar subsidios, como sucede hoy.

Cada vieja idea que se desempolva para lidiar con un virus que ha roto la lógica de las políticas tradicionales, será bienvenida. Sobre todo, si estas ideas contribuyen a modificar el aterrador mundo que hemos creado con anterioridad a la pandemia. Por lo menos podremos responder que hicimos algo cuando nuestros hijos nos pregunten: ¿tú que hacías cuando estaba el Covid-19? .


LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE LA RAZÓN 

Por Alejandro Marcó del Pont – Lic. en Economía y Magíster en Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de La Plata). Analista de economía. Columnista y comentarista en varios periódicos, radios y televisiones internacionales. Director del Blog El Tábano Economista.