• mayo 8, 2019
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La industria noruega del salmón y sus perjuicios en el fin del mundo

La industria noruega del salmón y sus perjuicios en el fin del mundo

Exceso de uso de fármacos en las granjas acuícolas, suelo marino arruinado y depredación de fauna local son las principales acusaciones sobre esta millonaria industria.

por Socio informativo
Agencia de Noticias Sputnik

El salmón es un alimento de moda. Año a año gana popularidad al tiempo que lo elevan a la categoría de ‘superalimento’. Una fuente proteica sana, especialmente por su alto contenido de Omega 3, vitaminas A, D y K y efectos positivos en la reducción del riesgo de enfermedades cardiovasculares.

En Chile, la salmonicultura como industria comenzó a desarrollarse tímidamente en la década de los 80, pero fue a partir de 1990 cuando se transformó en un verdadero bum.

Bañado por las frías y ricas aguas del Pacífico, en el sur del continente americano, el salmón se daba muy bien. Pronto se transformó en una millonaria industria.

Chile es en la actualidad el segundo productor mundial de salmón, un negocio que genera ingresos de más de 5.000 millones de dólares por año en el país sudamericano. Según estimaciones oficiales, la industria salmonera produce aproximadamente 21.000 empleos directos, la mayoría de ellos en el sur del país. Una enorme zona, muy poco poblada y cuya línea costera está bañada por el océano Pacífico.

A medida que la demanda mundial de salmón aumentaba, las ventajosas condiciones que ofrecía el mar del sur de Chile fueron haciéndose más evidentes para las empresas productoras chilenas y extranjeras. Entre estas últimas, las más importantes venían de Noruega. No tardaron en iniciar el largo viaje hasta, literalmente, el otro lado del mundo.

Entre ellas, la principal fue Marine Harvest, que cambió de nombre mundialmente a Mowi a comienzos de año. La trasnacional del salmón comenzó a operar en Chile de forma experimental en 1975. Pasaron los años y con ellos llegaron las polémicas, especialmente respecto a la disparidad en los modelos de producción.

«En Noruega se trabaja bien, respetando los estándares, y a los trabajadores. Los noruegos deberían replicar sus estándares locales de trabajo en Chile y no habría problemas. La industria no es mala, se debería regularizar y los entes fiscalizadores hacer su trabajo»
– John Hurtado
presidente de la Confederación Nacional de Trabajadores del Salmón (Conatrasal)

Pero las diferencias entre la manera de producir salmones de las empresas noruegas en su país y en Chile no terminan ahí. Uno de los temas más delicados y controversiales tiene que ver con el uso de antibióticos en los peces. Fármacos que aplican regularmente para prevenir enfermedades de tal forma que la producción aumente.

El salmón del atlántico que se produce en Chile utiliza una enorme cantidad de antibióticos comparado con el que se produce en otras partes del mundo como Canadá, Escocia y la misma Noruega, como se ve a continuación en un reporte de Mowi en que se grafica la situación.

Mowi manifestó «no estar interesado» en participar de este reportaje.

Fuente: Mowi Integrated Annual Report 2018, pág 67.
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Propiedad de Mitsubishi Corporation, el grupo Cermaq mantiene operaciones en Noruega, Canadá y Chile. Las diferencias en el uso de antibióticos respecto al país suramericano también son significativas.
Fuente: ‘Uso de antibióticos en la salmonicultura chilena: causas, efectos y riesgos asociados’,
ONG Oceana, Pág 21. 
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Mowi y Cermaq, dos de las compañías productoras de salmón de cultivo más grandes del mundo, muestran una apreciable diferencia en el uso de antibióticos que aplican en Chile con los utilizados en sus faenas en otras partes del mundo, especialmente Noruega. No son las únicas, las compañías chilenas también destacan por el uso intensivo de antibióticos.

El récord de antibióticos se registró en 2014. Ese año su usaron en los mares de Chile 1.500 veces más fármacos que en Noruega y hay que tener en cuenta que el reino escandinavo es el principal productor de salmón en el mundo.

Aunque la cifra ha descendido, solo el año pasado su usaron casi 350 toneladas de antimicrobianos en la industria del salmón, de acuerdo al Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca), entidad reguladora.

El doctor Felipe Cabello, profesor de microbiología e inmunología, miembro de las Academia de Ciencias de Chile y miembro honorario de la Academia de Medicina de Chile, dice que «la respuesta que se da en la salmonicultura chilena para explicar el uso excesivo de antibióticos es que en Chile existe una enfermedad, producida por una bacteria, de nombre ‘Piscirickettsia salmonis’, y que esta enfermedad, el síndrome rickettsial del salmón (SRS) no existiría en otras partes del mundo».

Cabello puntualiza que «la bacteria se ha detectado en Noruega, se ha detectado en Irlanda, también en la Columbia Británica y en esos lugares pareciera que la infección por ellas produce una enfermedad de menos de severidad, a pesar de que las bacterias en Chile aparentemente no son tan diferentes a las de otras partes de mundo».

Ante eso, para Cabello es posible que se piense que hay algunas condiciones en el cultivo de los salmones en Chile que los hacen más susceptibles a la bacteria que los enferma, y hace necesario, según las empresas, suministrarles toneladas de antibióticos anualmente.

Liesbeth van der Meer, de la ONG Oceana, considera que la gestión que se hace en Chile podría ser clave.

«Creemos que hay un error de manejo. El salmón no es una especie endémica de Chile, es un pez introducido, exótico, y hay altas densidades de ellos en espacios reducidos. Son 900.000 toneladas de salmones en los fiordos de Chile, distribuidos en concesiones no muy distantes unas de otras, y es muy fácil que se contagien entre diferentes centros»
– Liesbeth van der Meer
directora ejecutiva de Oceana
En términos simples, una concesión acuícola es el otorgamiento que hace el Estado por 25 años renovables sobre determinados bienes nacionales, en este caso, porciones de agua. Actualmente, en Chile hay 1.412 concesiones de este tipo otorgadas, aunque no todas operan simultáneamente. Es en estas concesiones se montan las granjas de cultivo de salmón. Es un espacio reducido, donde los peces viven dentro de una jaula sumergida en el océano.
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Desde el Instituto Tecnológico del Salmón, entidad que pertenece a Salmon Chile, principal patronal de la industria —y que integra la famosa Cermaq— afirman: «No hay estudios científicos (al contrario que en otras especies) que evidencien una relación entre el uso de antibióticos en salmonicultura con un peligro para el entorno natural, consumidores y trabajadores».

El doctor Felipe Cabello precisa: «Que esto no se haya probado es discutible. Si usted revisa la literatura científica, hay publicaciones en Chile que han probado que bacterias del intestino de salmones y del ambiente de la salmonicultura tienen genes de resistencia similares a los genes de resistencia de patógenos humanos. De tal manera, nadie que tenga conocimiento de la teoría evolutiva en bacterias y de la genética en bacterias, duda de que haya pasajes de genes de resistencia del ambiente a patógenos humanos y de patógenos humanos a bacterias del ambiente».

El tema es de gran importancia, especialmente porque se señala que la industria alimentaria que utiliza antibióticos en su proceso productivo podría estar vinculada a la problemática de la resistencia a estos fármacos, una de las mayores amenazas para la salud mundial, la seguridad alimentaria y el desarrollo según la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Según Oceana, el uso intensivo de antibióticos por parte de la industria es un tema donde lo económico es determinante. «Se puede producir sin antibióticos, pero resulta más caro para las empresas y sus márgenes de utilidades inmediatas disminuyen. La industria es reacia a hacerlo por sí sola. La verdad es que no hay muchos incentivos para cambiar», señala Liesbeth Van der Meer.

Independientemente que la industria chilena afirme que el uso intensivo de antibióticos no es un peligro, hace semanas se comprometió a llegar al año 2025 utilizando un 50% menos de antibióticos en su proceso productivo.

La Isla Grande de Chiloé es el territorio insular de mayor tamaño de Chile. El borde costero que la rodea y las islas que forman el archipiélago suman 2.000 kilómetros de litoral.

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Las salmoneras llegaron hace décadas a ese territorio. Y su impacto ha sido innegable, modificando no solo el paisaje de las costas del mar interior de Chiloé, sino también su cultura, basada en parte importante en la explotación sustentable de los recursos del mar.
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«Tengo 31 años y no conozco especies locales de peces que mis padres sí conocieron»
– Álvaro Montaña
geógrafo y activista

Según comenta, la desaparición de especies locales está directamente vinculada a la industria del salmón, que según él destruye su entorno debido a la conjunción de algunos factores: «El fondo marino bajo las jaulas sufre un estado de hipoxia, una condición anaeróbica, que significa básicamente ausencia de oxígeno, ausencia de vida». Esta condición es consecuencia del «aporte de nutrientes desde las fecas y la orina del salmón, eso se va abonando, va fertilizando la columna de agua y el fondo marino. Además, se va depositando todo el alimento no consumido y los desechos orgánicos del pez».

Pero eso no es lo único que daña a la fauna endémica. Las especies nativas también se ven afectadas por las masivas fugas de salmón desde los centros de cultivo.

El año pasado, por ejemplo, escaparon cerca de 690.000 salmones desde una planta de Mowi.

«Cada fuga de salmones es sumamente dañina para el ecosistema. El Salmón del Atlántico es una especie exótica, carnívora. Está en el tope de la escala trófica. Los fiordos están habitados por especies más pequeñas, especies endémicas. Hay lugares donde este tipo de fauna se ha extinguido»
– Liesbeth van der Meer
directora ejecutiva de Oceana

«El impacto es menor en la zona del Pacifico por la baja capacidad de supervivencia de los escapados. (…) Es decir, la información disponible a la fecha indica que la salmonicultura no genera los impactos extremos por escapes que se le sindican», aseguran desde Instituto Tecnológico del Salmón.

Álvaro Montaña no está de acuerdo. Para él, son las mismas condiciones de la industria y su emplazamiento geográfico lo que a la larga sería una garantía de fugas masivas: «Estamos en latitud 42 y la producción va hasta la latitud 50, cerca de Punta Arenas —ciudad ribereña del Estrecho de Magallanes—, es la región de fiordos chilenos. Una zona de temporales, eventos de lluvia, de fuertes corrientes marinas que provocan la rotura de mallas y el fondeo de balsas-jaula. Eso significa escapes masivos».

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Los datos oficiales dicen que desde el año 2010 se ha contabilizado la fuga de 3,3 millones de salmones desde centros de cultivo. De acuerdo al secretario de economía de la región de Los Lagos, 1,9 millones corresponderían a peces fugados desde instalaciones de Mowi. Sin embargo, la firma noruega desmintió al funcionario.
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Una cultura transformada
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,En la isla de Chiloé, el impacto de actividad salmonera ha sido tan profundo que muchos dicen que la isla ha cambiado para siempre.
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«Nuestros grandes Loncos —jefes, dirigentes indígenas— venían hablando hace muchos años de la invasión que iba a ocurrir. Esta invasión de las salmoneras, ellos la vieron, fue como un presagio. El desastre que iban a ocasionar estas empresas y lo lamentable que iba a ser para nuestra cultura»
– Ruth Cailleo Caicheo
representante Mapuche-Huilliche, de la isla Grande de Chiloé

Ruth comenta que las concesiones acuícolas modificaron dramáticamente el medio de sustento de su comunidad. La contaminación del fondo marino y los escapes de salmones no hicieron más que contribuir a la falta de recursos marinos, antiguamente abundantes. Sin los medios que el mar les proveía, se vieron obligados a cambiar su forma de vida: «El sistema nos impone el individualismo y que cada uno vele por sí mismo».

«Mi padre era pescador y mis abuelos hacían lo mismo… Tengo muchos familiares que se dedicaban a eso, pero nuestra cultura se transformó. Ya no vivimos en comunidad. La mayoría de las familias se han desintegrado, los hombres tienen que salir a buscar el sustento a las salmoneras. Las fuentes naturales de recursos marinos ya no están», denuncia Ruth.

Para Álvaro Montaña, la mirada económica del impacto de la industria salmonera es, en general, la que prima en el debate. Una perspectiva en la que los daños, las ‘externalidades negativas’ pasan a segundo plano: «La industria salmonera habla del número de empleos que directa o indirectamente genera, lo repite como un mantra. Pero, ¿por qué tenemos que creerle a una industria a que ha mentido permanentemente? Uno tendría que preguntarse, ¿producto de la depredación pesquera, cuántos empleos se han perdido? Es probable que la pérdida sea mayor a la ganancia».

Esa opinión ha ganado fuerza en el sur de Chile. Tal vez por eso la visita del rey Harald V de Noruega no fue solo una fuente de hermosas postales fotográficas para la casa real nórdica. En su recorrido por los prácticamente vírgenes canales del sur de Chile, esos fiordos que tanto se parecen a los de su país, el rostro de Harald V se fue desencajando. Protestas de una serie de organizaciones indígenas y de defensa del medioambiente pedían al rey que las empresas salmoneras de Noruega no se instalen en el extremo sur de América. «Destruyen el medioambiente y las comunidades ribereñas», decían muchos.

Ruth Caicheo entiende esas demandas. Especialmente cuando relata cómo su pueblo estaba orgulloso de la forma tradicional de vivir. Una forma en que lo central era la familia y comunidad como una extensión de esta. Pero eso ha cambiado drásticamente en los últimos 30 años.

«Nuestra cultura ha sido transformada, dañada totalmente. Ya no vivimos bajo los principios de la unión y solidaridad, cuando pensabas en el que estaba a tu lado»
– Ruth Cailleo Caicheo
representante Mapuche-Huilliche, de la isla Grande de Chiloé
Pero Ruth siente que todavía hay algo de espacio para el optimismo: «Creo que todavía podemos hacer algo, que aún podemos fortalecer nuestra cultura, que estamos a tiempo para no perderla, de no perder nuestras raíces». Dice convencida mientras nos despide fuera de su casa. De frente tiene la ladera de una colina, atrás, a su espalda, está el mar.

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